AATIENZA
39 S U MA D U R E Z Su madurez La quintaesencia del anhelo: el extracto de lo soñado Las duras condiciones políticas por las que el país atravesa- ba, sin embargo, obligan al artista a abandonar Venezuela y a dejar tras de sí, un glorioso legado, tan extraordinario como abundante. Cuando el mayor de los éxitos profesionales iluminaba su vida, y tras haber conseguido conquistar con su extraordi- nario afán creativo aquellas lejanas y prometedoras tierras americanas donde había vivido durante los últimos veinti- cinco años, regresa el artista a su país natal –una España muy diferente a la que había dejado tanto tiempo atrás. En el ámbito del recuerdo quedarían ya sus colosales mu- rales, o “ciclópeos mosaicos y vitrales”, como muy bien los sabía definir Rafael Ordóñez Fernández en una de sus siempre interesantes críticas con motivo de una exposición pictórica del artista en Zaragoza. Movido, no obstante, por un instinto natural de superviven- cia y entusiasmo vital, y tras una breve estancia de no más de tres años en Zaragoza, deciden los Atienza instalarse en Barcelona –atraídos muy posiblemente por ese aire van- guardista que tanto caracteriza a la ciudad condal, enfren- tándose una vez más a la aventura de lo desconocido. La peculiar geografía de la ciudad, bañada por el mar y respaldada por sus sierras, bien pudiera haber seducido su tímida añoranza de aquellas tierras de ultramar que vieron nacer a su hija Dacha y donde pudo Angel vivir el mayor de los reconocimientos, como artista y como persona. Se cerraba de este modo un importante capítulo de su vida, tanto en la órbita personal como profesional, entrando, con cierta añoranza, pero con firme decisión, en lo que se convertirá en una de sus más fructíferas etapas como artista plástico. La incuestionable prodigalidad de recursos con los que Atienza estaba acostumbrado a trabajar se vieron obliga- dos a resumirse dentro del continente de sus cuadros que, inundados de luz y cromatismo, parecían tener que reflejar –sin poder escapar del umbral que cada marco represen- taba, toda la magnitud de su inacabable talento creador. Un tropel de recuerdos multicolores, de sueños esparcidos y frondosa vegetación, se agolpaba sobre sus lienzos, an- siando expresar la esencia de lo vivido. Toda una vida –la de este artista repleto de nostalgia-, re- cordando lo que iba dejando atrás: desde Venezuela re- memoraba aquellos sus bucólicos paisajes -rústicos o ur- banos- de sabe Dios cuantos pequeños pueblos o ciudades que algún día conoció, con sus sembrados y sus paredes encaladas, coronadas con techumbres de arcilla roja. Ahora de vuelta en España, los escenarios reverdecían, dueños de una exuberancia tan fecunda como su imagi- nación. Como dejándose mecer en el balandro de sus sueños –vivi- dos o por vivir-, se aferra a una línea expresiva mucho más comprometedora, que le obliga sintetizar toda su magnifi- cencia dentro de un pequeño encuadre. Sigue manejando el negro como legado de su arduo trabajo con las vidrieras, reforzando el clamor colorista de su con- tenido, omnipresente en todos sus lienzos, confiriéndole un carisma absolutamente identificativo. Toda su creación pictórica durante esta época –unas qui- nientas obras- es perfectamente reconocible por la firme- za de su trazo y la contundencia del contenido. Desde la contundencia de sus más genuinos abstractos, le- gítimos herederos de su extenso periplo artístico, donde las formas ceden al tajante discurso del trazo que las en- cierra, hasta la expresión más dulce de algunos de sus bo- degones florales de su época más reciente, donde el gran imperativo parece ser el instante contemplativo en todo su esplendor, toda la obra pictórica de Atienza rescata lo me- jor de lo vivido, interpretando de mil y una maneras todo aquello que con más fuerza ha incidido en su memoria. Manteniendo, posiblemente, un paralelismo con su mo- mento personal, sus obras actuales suavizan sus rasgos ex- presivos, adentrándose en terrenos afectivos y mucho más lozanos. Una paleta de radiante colorido y formas discre- tamente angulosas inunda la totalidad de sus lienzos flo- rales. Un momento de serena armonía, cautelosa sensatez y brillante ejecución que se materializa en una colección colorista y atrevida.
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