ANTONIO DÍAZ GARCÍA - ESCULTURAS

En la madurez del idilio, el escultor se recrea en la consecución de lo apenas concebible, de lo tan solo imaginado por alguno, de aquella fantasía en blanco y negro con la que compartió tantos desvelos y noches de penumbra e insomnio, al abrigo de la esperanza reconciliadora. Es ésta una línea poderosa, aplastante en su discurso, repleta de significado, silenciosa en su mensaje, pero potente en lo subliminal, donde al artista fantasea y busca nuevos horizontes donde poder desplegar ansias y anhelos. Una colección arrebatada al imaginario, mítica, legendaria, apoteósica en forma, indeleblemente en su fondo, poseedora de un discurso tan contundente que provoca un sudor frío al enfrentarse el espectador a una obra limpia, libre de vicios, desnuda y evocadora. De un lirismo perturbador, preciso hacer énfasis en la significación y alcance de un trabajo escultórico que va mucho más allá de la mera reafirmación artística y personal de AD, para alcanzar esferas de una proyección poética extraordinaria. Legitima sus códigos proyectando –y proyectándose con ello–, un hacer señero y un estilo rebosante de sensibilidad. Hermosas introspecciones hábilmente recopiladas en un compendio de formas y volúmenes, de tensados y tensiones atrapados bajo texturas inverosímiles. En esta tercera colección o repertorio, se perciben singularidades premonitorias de lo que va a acontecer, algo así como los prolegómenos de la que sin duda alguna será su gran detonación expresiva: una obra monumental, con independencia de su tamaño, que debe contemplada sin premisas ni explicaciones, porque habla por sí misma.

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