ANTONIO DÍAZ GARCÍA - ESCULTURAS
que esa obra pueda hacerse ajena a la pasión. Como liberal que soy, admito la realidad como es, sin falsear los hechos, no sin objetar lo que me resulta impropio de una naturaleza temporal. Siempre trato de comprender al otro, lo que no es de ninguna manera justificarle; de pensar que el otro puede tener más razón que yo y que, en todo caso, tiene sus razones. Así, todos son libres de creer que lo que hacen es arte, del mismo modo que soy libre para creer que es arte aquello que me conmocio- na, que me emociona, que me alucina, que me conmueve, por distintas y precisas razones. Todo el mundo tiene derecho a hacer de todo, pero cuando se entra en competencia con los demás, hay que elegir y privilegiar, y ahí comienzan las diferencias entre lo que es arte y lo que es artesanía, entre lo cotidiano y lo excelso, entre lo doméstico y lo universal, entre lo culto y lo ignaro, entre el entrete- nimiento, que es legítimo, y esa mediación que se convierte en epifanía. Durante mi viaje a Lleida y mi estancia, que dio ocasión al conocimiento de Antonio Díaz y de su obra, leía a Màrius Torres, poeta nacido en la ciudad, por cortesía y por placer, por el goce de esa poesía que traduce un gusto musical y una vida amarga, con ecos simbolistas y elegantes. Torres habla, con cuidada exigencia, de las formas, de la muerte adunia, de la vida, como estas esculturas; de la melancolía, de la noche de los vagabundos “ … nosaltres, els pobres vagabunds dels camins… ”. Yo soy uno de esos vagabundos de los caminos; todos somos uno de esos seres que hacen el camino que culmina nuestro ciclo vital. Esa poesía me acompañó y alertó en la contemplación de esta es- cultura, que hoy se reúne en un libro de Luisa Noriega, la crítico de arte y editora que mejor conoce la escultura de este manchego-ilerdense, para gozo del autor y de aquellos quienes han creído en el escultor como un armonizador de materias tangibles e intangibles. No sé si las líneas que anteceden aclaran algo. En todo caso, no trato de adular a un creador, ni de confundir al lector. Ya está bas- tante dañada la imagen de la crítica, como para venir a atizar el fuego. La obra de Antonio Díaz es, sin ambages, hija de su circunstancia profesional y existencial. Y tiene todos los defectos, aciertos, carencias, lujos y particularidades que ha sufrido su autor en el desarrollo de su vida. Tampoco es para rasgarse las vestiduras, por su falta de publicaciones y bibliografía. AD ha dedicado su vida al trabajo material y su ambición se ha visto postergada, pero no anulada ni sepultada, porque al final aflora. Sin ir más lejos, el mismo Màrius Torres no vio ninguno de sus libros de poemas publicado antes de su muerte. ¡Es mejor tarde que nunca! Este libro es necesario, sobre todo, porque pondrá a su autor en claro, ante sí como ante sus seguidores y coleccionistas. No se trata con esta empresa cultural “ de de- mostrar que es de oro y que no está en venta ” el autor, como reitera la canción de Jimi Hendrix. Se trata, con toda llaneza, de mostrar una vida y una pasión, a través de la escultura en hierro. Queda en la libertad del espectador, del amante del arte, decir qué le interesa de ella y cuánto. Y en última estancia, corresponde al escultor proseguir un camino iniciado, modularlo, virarlo o consolidarlo de acuerdo con lo que le dicte su interioridad. Hay mucho rock en esta obra y un rockero como Bruce Springsteen dice “ Que Dios se apiade del hombre que duda de lo que está seguro ”. Tomás Paredes Presidente Asociación Madrileña de Críticos de Arte
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