ANTONIO DÍAZ GARCÍA - ESCULTURAS
de llegar al colegio, le gustaba pararse en el taller del herrero Manuel, para ver arder las llamas de la fragua. Desde el colegio se oía a cualquier hora del día el incesante chirrido del martinete y los golpes de martillo del herrero. Mientras que sus compañeros y el profesor detestaban ese ruido, Antonio soñaba con estar allí. En el recreo jugaba al fútbol con sus compañeros, era el portero del equipo. Mientras jugaba, siempre que podía miraba ilusionado a través de un agujero de una vieja puerta de madera situada detrás de su portería, para ver forjar al herrero. Un día el balón aterrizó en el patio del herrero y Antonio se adentró en el taller en su busca. Ese día conoció a tres amigos llamados: fragua, yunque y mallo, que le dijeron que si quería ser su amigo tendría que trabajar con ellos. Antonio aceptó el reto y quedaba cada día con ellos al salir del cole- gio; se quitaba con energía la mochila y se cambiaba la bata de rayas azules de la escuela por una de cuero. El niño acudía a escondidas de sus padres para trabajar con ellos, porque no que- rían que tuviera a esos tres amigos, ya que decían que no eran buena compañía para él porque le quemaban, le golpeaban e incluso le arañaban las manos y los brazos. Pero el que fue su mejor custodiado secreto, se convirtió en un secreto a voces. Sus amigos acabaron convirtiendo las manos inocentes y débiles de un niño, en unas manos robustas y fuertes de hombre, tras pasar muchos días y lar- gas noches los tres juntos sin dormir. Habiendo cumplido ya los veinte años de edad, Antonio tuvo que partir para hacer las milicias y sabía que estaría alejado de sus tres queridos amigos por mucho tiempo, no pudiéndose llevar la puerta de hierro que los tres habían dejado sin terminar y que tantos años y esfuerzo les había costado. Así que decidieron esconderla debajo de un pajar, donde perma- neció durante un largo periodo de tiempo. Al volver de las milicias, el joven y sus tres inseparables amigos desempolvaron y terminaron la obra. Antonio, deseoso de enseñar la puerta, decidió que el pri- mero que tenía que conocer a los faisanes que habitaban en la impecable puerta
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