ANTONIO DÍAZ GARCÍA - ESCULTURAS

forjada tenía que ser el que había sido su maestro, el señor Martí. Cuando el joven herrero se dirigía con alegría para abrazar al que había sido su profesor, y enseñarle su obra maestra, se lo encontró en el fondo de su viejo taller, en la más absoluta oscuridad. Se había quedado ciego. Su profesor, con lágrimas en los ojos, palpó y acarició con sus trabajadas manos las esbeltas plumas de hierro de los faisanes que Antonio había criado en el nido de su fragua. Así pasaron los años, y el que había dejado de ser un niño hacía tiempo, se convirtió en un hom- bre forjado a sí mismo y conoció a una joven con el pelo negro como la endrina, que fue la primera en ver crecer sus obras, la que le dio aliento en los momentos en los que más lo necesitaba, la que le curó sus heridas y la que siempre estará a su lado porque es su esposa y sigue siendo el gran amor de su vida. Papá, este cuento no acaba con un colorín colorado, sino que seguirá durante muchos años más, durante toda la vida, porque tanto tus manos como tu obra son eternas. Tenías tan solo trece años cuando conociste a tus tres inseparables amigos: la fragua, el yunque y el mallo, quienes nunca te han abandonado, por- que siempre los has querido. Tu obra no solo basta con verla, sino que hay que sentirla, como la sentía tu profesor, porque detrás de cada uno de los golpes de martillo que dan vida a tus obras, hay esfuerzo, coraje, valentía, sudor, lágrimas, y lo más importante, mucha ilusión. La naturaleza ha sido siempre tu fuente de inspiración y has sido capaz de crear con hierro faisanes, cigüeñas, búhos, peces, árboles, fajos de leña o troncos, pero como decía el filósofo Carlos Goñi: “ de entre todas las cosas que has forjado a lo largo de tu vida, la más fuerte, y la más unida, ha sido tu familia ”. Te quiero mucho papá. Ismael B ajo mi óptica de escultor acostumbrado al barro y al bronce, el dominar y controlar el hierro y darle forma me resulta una meta inalcanzable, y durante muchos años, también para mí, un mundo desconocido y dado por imposible. Julio González, Gargallo, incluso Chillida, me han quedado lejos en el tiempo y en la distancia, pero Antonio Díaz, al que conozco desde hace bastantes años, me ha demostrado que todo es posible, y bajo una fuerza y una violencia con- tenida, la dureza se somete a la voluntad, y crecen formas que se expanden y multiplican, como materia viva. Da la impresión de que en la obra de Antonio Díaz todo es espontáneo, que ha sido el propio hierro el que se ha ido doblando, contorsionando y aplastando sin esfuerzo ajeno, fruto de una dinámica interior. En su taller, planchas de acero se curvan y se ajustan unas a otras bajo control numérico y en medio del dominio de la fuerza, el fuego, el ruido –a veces en- sordecedor–, y de entre las chispas de los que cortan acero y el resplandor de los soldadores, hay un rincón donde los ruidos y los silencios son diferentes, como de otro mundo. Es como un oasis donde en medio del estruendo que se genera en una nave industrial, el ruido de un martinete crea sonidos y ritmos más humanos, controlando intensidad y tiempo, de modo repetitivo; con fuerza unas veces y otras pasando al golpe acompasado y suave como una caricia. Así, entre el hierro incandescente, el martillo, el yunque, el martinete y el silbido de

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