ANTONIO DÍAZ GARCÍA - ESCULTURAS
Tempestuoso, ardiente, implacable en forma y fondo, AD se debate ciegamente contra sus propias ansias, buscando entablar su tan peculiar diálogo desde la convicción de su dominio creativo. Ma- neja el inclemente metal con complacencia pero sin concesiones, tratando de exprimir el máximo de su savia para bañarse en ella, a la luz de la fragua, allí donde no soplan los vientos de las diferentes corrientes, en su refugio de ascuas y brillos fulgurantes, donde da de comer a su pasión creativa. Con temple, marcando el ritmo –no siempre acompasado– de su propia voluptuosidad, en continuo y desenfrenado romance con el hierro; es escultor de instintos y de voces, de indescifrables y enig- máticos impulsos que le llevan a competir consigo mismo en interminables reyertas de las que suele salir airoso, aunque no siempre. Con frecuencia el contendiente protege y salva sus fueros dejando al rival jadeante, recuperándose para una nueva batida, como toro lidiado, que no vencido, sofocado y desafiante. Es al calor de esta fértil atmósfera, regada por un brioso torrente de ardientes aguas, donde crece el plantel del universo escultórico de AD, en un vergel de fantasías por materializar, de sensaciones a las que dar nombre e investir con toga de metal. Es a un mismo tiempo creador y crea- ción, porque camina al paso de lo que va gestando, sin entrar en vaguedades, provocándose a sí mis- mo y convirtiendo el propio reto en el detonante que incita el surgimiento de su hervidero creativo. El manchego plácido, que lleva marcado en sus carnes el hierro de la casta y el agridulce de unos arduos comienzos, deja atrás recuerdos, apegos y sinsabores, para tomar el sendero del buen curti- do, fiel a un compromiso con su propia sombra, marcándose un camino de difícil singladura. AD ha perseverado en sus intenciones, forcejeando en medio de esa especie de desvarío generalizado que invade gran parte de los escenarios artísticos más mundanos, para abrir paso a la luz, para iluminar e iluminarse. Y es que el escultor late al compás de su obra, entregándose sin condiciones en un arranque tan impetuoso como su propia fe y certidumbre. Fértil en recursos, generoso en medios, cada una de las piezas que componen sus colecciones ha sido gestada a fuego lento, dejando hacer a la diosa de la evocación, vigilando atento cada conato de obstinación o insurrección para recuperar súbito el mando. Cada pieza, una batalla. Cada batalla, una aventura. Cada aventura, un nuevo reto. Con la hidalguía que le confiere esa su raza, propia de los audaces, de quienes no ceden más que ante los edictos del corazón, AD es un glorioso empecina- do, lo suficientemente convencido con su causa como para liderar ejércitos y seguir librando tantas cruzadas como sea preciso para seguir la estela de esa aspiración creativa que germina desde lo más hondo de sus entrañas.
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