CERCLE 6

9 Tiene unos ojos preciosos y su mirada ya rompe hielos. Da la impresión de que todo el universo le cabe en un único vistazo y a través de ella, uno imagina lo grande que puede haber sido su pequeño mundo desde la perspectiva de una mujer tan audaz y despejada. Olvido lo que pretendía preguntarle y opto por dejarme llevar. Al fin y al cabo, sobre su trabajo artístico han sido muchas las plumas que, con precisión y buena prosa, han sabido ponerlo en su merecido lugar. Me interesa mucho más la persona y, a medida que transcurre la mañana, faltan horas y sobran ganas para seguir conversando. Ha sabido sacarle bien el jugo a todo lo vivido porque de un modo increíblemente lúcido y respetuoso repasa algunos de los episodios más duros de su vida sin que esa sonrisa suya, dulce y apaciguadora, abandone su rostro ni por un solo momento. Ante lo que considera que no está bien, invita al cambio, a la reflexión, sin irascibilidad, con ponderación y sentido común, y deja clara constancia de todo ello en sus obras. Una mujer que ha enarbolado la libertad desde el silencio de su profunda introspección, que ha sabido corregir y seguir adelante sin contemplaciones, y que ha hecho de la objeción y la integridad su propio estandarte. Parece impregnada de un halo de entereza frente a las adversidades, y de empeño por la vida, por lo excelso, por lo más tierno, por lo más certero. Y el arte es su vida, porque es así como se me muestra. Sus obras son fieles testigos de cuanto ha vivido, y de cómo lo ha hecho, y eso me parece lo más irreprochable que he oído en mucho tiempo de los labios de un artista. Entiende y contemporiza, pero se mantiene firme en sus convicciones, que defiende con veterana sabiduría, como cuando defiende la validez del dibujo, omnipresente en toda su obra y primer intento de compenetración entre lo tangible y lo intangible. Es —o al menos así me lo parece— parte de la esencia de la artista, que confiesa que siempre ha dibujado y que es con el dibujo, alma y sostén de la idea primigenia, con quien dice sentirse de alguna manera en deuda. Será por ello que concede al grabado tantas atenciones. Me enseña su taller, cautivador y luminoso, rebosan- te de color y huellas del paso de gentes, de momentos contados o por contar, de silencios apenas rotos. Un robusto gato de cuidado pelaje se adormece sobre una mecedora al sol y apenas repara en la presencia de un extraño. Está preparando los grabados con los que feli- citará las fiestas a sus allegados, un nuevo mensaje en- criptado y destinado a provocar una reacción posible- mente diferente en cada destinatario. A mí, el recibirlo, me ha robado una gran sonrisa porque he recordado nuestro encuentro y aquella encantadora residencia que da cobijo a las pasiones, vividas o por vivir, de Te- resa Llàcer, una casa amiga donde el sol luce incluso en días nublados y donde todo adquiere significado en el mismo momento en que tiene cabida. █ Teresa Llàcer Mont-roig. El meu poble

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