LLEI D'ART 0
17 complejo que la fascinación que provoca una escena real. La escena real requiere ser desmenuzada e inter- pretada. La expresión artística de una escena real ya aporta una fantasía sobre esa realidad y es precisamen- te esa fantasía la que busca un enamorado fiel donde anidar. Los impactos provocados por esa realidad deformada a capricho de un creador, permanecen por mucho tiem- po, quizás por siempre, en la memoria de aquellos en quienes impactan. Esa es, desde mi modesto punto de vista, la trascendencia del arte. Se trata de una comuni- cación espiritual que va más allá de un soporte físico. Hablamos de abruptas emociones, de sensualidad, de asociaciones, de sensaciones inexplicables, de vivencias no vividas, de experiencias anheladas, de momentos por vivir,…¡Que barra tan alta para lo que, muchas veces, no es más que una sencilla recreación de una percep- ción!, y, sin embargo, ¡que accesible a quienes poseen magia en sus dedos, a quienes se dejan transportar a un universo paralelo mientras dan forma a sus fantasías más extremas,…! Buscar la verdad más allá de la piel,…al fin y al cabo siempre es lo mismo, ya se trate de un lienzo, una pieza de barro o bronce, o incluso un ser vivo, aunque el arte difiere de éste último en lo más básico de su definición: nace –de dentro del corazón-, crece –alimentando fan- tasías- y se desarrolla –evolucionando y perfilándose en el alma, pero nunca muere. El arte puede ser por lo tanto divertido, colorista, exu- berante, insultante en cuanto a su lozanía, oscuro, sonoro o silencioso, porque nace de la nada más abso- luta para configurarse poco a poco a medida que se perfilan los caprichos de su creador. Es un instrumento de placer para quien lo crea, y de embeleso para quien lo contempla y lo entiende, un estímulo al crecimiento personal, una provocación a la espontaneidad, una bús- queda de alternativas, una plataforma multisensorial sobre la que desplegar alas para moldear una realidad hecha a medida y absolutamente deformada. Desde este punto vista, todo artista que exprese sus pasiones, frustraciones, realidades o ficciones, puede ser conside- rado, independientemente de la habilidad que tenga para conseguir catalizar la reacción en el espectador. También es cierto que la calidad de ese mensaje depen- de extraordinariamente de cómo plasmarlo y de que manera. Algo similar sucede con la literatura o la elocuencia. Las palabras están ahí, como los pinceles o los colores, como el barro o la piedra. Sólo internándose en lo más profundo de su espíritu y extrayendo de él la más pura de sus esencias, puede un artista, mínimamente dotado en técnicas de creación, pretender impactar en la per- cepción del público, porque considero que una pieza perfectamente acabada, impecable en su ejecución hasta el más mínimo detalle, también traslada al públi- co a escenarios conocidos, familiares, añorados o anhe- lados, y debe ser respetada. El mensaje de esa obra es precisamente la propia obra. Pero existen otras “artes”, y son aquellas que parecen recrearse disfrazando la rea- lidad, desfigurando lo conocido para convertirlo en algo confuso e impreciso. Estas obras buscan una lectura diferente e invitan a ser transgredidas, desmenuzadas y digeridas, para renacer cual ave fénix en un nuevo plano que el contemplador dispone en su mente y sobre el que dispone cada pequeño fragmento de informa- ción como si de un puzzle se tratará. Todo son mensa- jes, aunque algunos vayan cifrados. También el escritor trabaja con ardides que le permitan irrumpir en el conocimiento del lector. Algunos son auténticos magos descriptivos, con una capacidad ilimi- tada para detallar y desmenuzar escenas que transpor- tan con asombrosa precisión a lugares y tiempos no descubiertos. Otros optan por valerse de extrañas com- posiciones lingüísticas, de complicada interpretación, que buscan inducir una reflexión más profunda o un análisis sobre los extraños y complejos procesos, propios de la mente humana. En cualquiera de los casos, y sea cual fuere la expresión artística que observemos, me pregunto una vez más ¿deja de ser legítimo una manifestación de arte sólo por el mero hecho de no ajustarse a unas normas estableci- das de calidad?, y, si es así,…¿es ético descalificarlo?. Francamente, no lo creo. Cierto es que hay arte de cali- dad y arte carente de calidad. Pero arte, al fin y al cabo. Porque el arte sometido a las fluctuaciones del merca- do, por mucha calidad que ostente, desnaturaliza la esencia del arte en sí, porque no es la expresión libre de la perspectiva, proyección y aspiraciones humanas, sino la triste evidencia de que el mercado del arte se encuen- tra en un atolladero, profundamente encadenado a los caprichos de un sector mercantilista que se atreve a cali- ficar y descalificar obras de arte, como un sexador de pollos, categóricamente, respaldándose en conocimien- tos exclusivamente teóricos, sin arriesgarse en absoluto, viendo lo que otros vieron, pero sin aportar nada nuevo. Ahora es fácil departir sobre un cuadro de Van Gogh, sobre su calidad, su asombrosa precisión, su luz, su fuerza expresiva, que traspasa los elementos,…y, una vez más, desde mi reflexión profana, me pregunto,…¿cuántos “eruditos” de entonces descalifi- caron y despreciaron su obra? L. Noriega Montiel
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