LLEI D'ART 10

Estaba en una fiesta. A mi lado se sentaba una curadora afro-americana que trabajaba para el Metropolitan de Nueva York. Le pregunté: «¿Qué es lo que le falta al arte moderno?, quiero decir, ¿qué es lo que se ha perdido?» Ella contestó: «Bueno, quizás haya algo, pero a mí me gusta el arte moderno…y usted, ¿qué es lo que cree que le falta?» –su mirada denotaba una cierta impaciencia por conocer mi respuesta. «¿Qué tal algo clásico tan intemporal como una puesta de sol?». Ella negó con la cabeza y repuso: «Eso no tiene nada que ver con el arte. ¡Es Kitsch!» Durante un discurso impartido por el artista durante la rueda de prensa previa a la inauguración de la exposición Odd Nerdrum - Pinturas 1978 -1998 en el Museo Astrup Fearnley de Arte Moderno de Oslo, Noruega, en 1998, Odd Nerdrum pronunció estas palabras con las que se distanció definitivamente del arte para definirse a sí mismo como pintor kitsch: El pintor Kitsch no debería ser nunca juzgado en base a razones de nacionalidad, raza o religión, sino solamente atendiendo a criterios clásicos. Dentro de su discurso representativo, se esfuerza por representar algunas de las cualidades más sublimes de la historia. El Kitsch no es arte. Tiene que ver con la sensualidad y lo intemporal; está comprometido con lo eterno: el amor, la muerte y el amanecer. Ni la innovación ni la originalidad son importantes. De acuerdo con los estándares del kitsch, resulta complicado separar aspectos tales como quién eres y qué es lo que haces. Ello se debe en gran parte a lo difícil que resulta admitir ciertas cosas en la vida relacionadas con la propia identidad, a su vez vinculada a las experiencias vividas, muy especialmente durante la infancia. Durante años, Nerdrum tuvo que aprender a asimilar el modo en que la crítica le definía como el anti- artista. La historia de Cézanne, a principios del siglo XX, y el modo en que el arte consiguió finalmente el aplauso metafísico de las nuevas ciencias, adquiriendo significados al convertirse en la expresión de una cierta verdad, contribuyó enormemente en este proceso de constatación de que esa verdad podría referirse al hombre como individuo social, racional o irracional o incluso a las relaciones agonizantes e irónicas existentes entre el artista y la realidad. Desde tiempos de Cézanne, la existencia del arte ha venido siendo justificada en razón de su rebeldía contra la tradición, la historia y el poder en todas sus formas posibles. Por subsiguiente, en este nuevo concepto de arte, la innovación sustituía a la tradición, legitimándose a sí mismo mediante la aplicación de factores ajenos a la obra de arte. En la actualidad, comprobamos los paradójicos resultados: el arte moderno se ha convertido en una tradición que ha sabido conquistar el mundo occidental. Tanto las instituciones como los críticos y los propios artistas se ven obligados a mostrarse receptivos ante lo nuevo . Pero lo que realmente importa dentro de este contexto ya no es sólo esta legitimización generalizada del arte moderno, sino lo que éste ha desterrado. Partiendo del concepto de Kitsch como antítesis del arte moderno, el término unificaría todo lo que no es ni intelectual ni nuevo, es decir, todo lo considerado pasado de moda, lamentablemente melodramático o patéticamente sensiblero. Afirmaba el filósofo austríaco Herman Broch que «el kitsch es © Odd Nerdrum 62

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