LLEI D'ART 11

padecer, todo parece lícito y disculpado si hay un mercado que lo cebe, por muy vulgar y bochornoso que resulte. Quiero salvar de esta quema ciertos actos con pretensiones artísticas y enormes dosis de improvisación que desde hace más de treinta años han venido siendo el refuerzo y guarnición de muchos movimientos vanguardistas, al estructurarse a modo de acción impulsiva y espontánea de expresión poco convencional, siempre y cuando ésta tenga algún sentido, claro está. Si el acto en sí no anhela más premio que el aplauso o la popularidad, pierde todo su interés, al quedar convertido en un burdo intento de llamar la atención para los más sedientos de fama o dinero. No hay estética ni compromiso. De hecho, una de las piedras angulares sobre las que se sustenta su defensa –la acción física protagonizada por el cuerpo como única herramienta–, pierde totalmente su alcance si hacemos un repaso a la historia: el cuerpo humano siempre ha cobijado tanto lo material como lo inmaterial de todo cuanto nos afecta y acompaña a lo largo de la vida. Desde siempre ha sido cultivado, vejado, utilizado, maltratado, herido o adorado, según contextos. A instancias de una performance, por lo tanto, no nos va a enseñar nada que no hayamos visto antes en la prensa, el telediario o en algún documental sobre campos de concentración o tribus africanas. No son ni siquiera revulsivos. Más bien patéticos, especialmente cuando la reflexión que parecen buscar queda convertida en una mueca de mal gusto sobre algún asunto escabroso o abyecto. El resultado no es otro que una banalización del problema real que subyace con la consiguiente pérdida de seriedad y rigor. Si se trata de hacer una proclama sobre la ignominiosa exterminación de las ballenas, sugiero patrullar en una Zodiac de Greenpeace y no hacer perder el tiempo a la gente mientras te impregnas el cuerpo desnudo (¡cómo desaprovechar algo así!) con grasa de pata de buey. Quien disfrute con tales pantomimas no tiene más que tomar unas cuantas dosis de telebasura, especialmente aquellos programas donde cualquiera, a cambio de unas perras, entra en el circo de los leones para dejarse humillar y degradar hasta la crueldad. Un desperdicio de energía que bajo la forma de malevolencia y vileza compra almas al otro lado de la pantalla dejando al descubierto el lado más soez y mezquino del vulgo, de esa misma innoble chusma que aplaudía ejecuciones públicas o castigos a herejes y conversos en tiempos de la Inquisición. Se hace apología de la revolución desde la resistencia; se lucha por salvar vidas en medio de la miseria, atendiendo leprosos; se denuncia la incomunicación y el aislamiento departiendo con las víctimas y ayudándolas a superar sus problemas. Tales actos sí son nobles, y liberales, y magnánimos, y auténticamente trascendentes, pero no son carne de espectáculo o festival artístico, sino una gesta, frecuentemente anónima y por la que nadie paga. Acciones inservibles provistas de patrocinador y siempre dentro de un escenario multitudinario, algo muy acorde con una sociedad superficial e insustancial que tras una máscara de acongojamiento por cuanto acontece en torno a sí, oculta la risa sardónica que le provoca el mal del prójimo. Pantomimas de siglo XXI que ni siquiera divierten. No sugieren reflexiones. Las exigen. Algo comprensible porque sin ese torpe y artificioso discurso, su representación se convierte en mamarrachada, por muchos miles de dólares que algunos/as Performancitis and Intervencionoma Diagnosis and treatment It seems, according to some people, that even the trivial act of cutting your toenails can be art if it is presented as such. What was initially a provocation, a subversive shout borne of the disenchantment of fake art amongst the more ambitious of us, is now just something rather trendy amongst those less endowed with Athena’s talents, who tend to be addicted to the fleeting and the frivolous. And although I can accept –albeit not understand– that people are hungry for strong emotions (I also wonder if they haven’t already had enough given what we’re all going though) in some way such a fate justifies the fact that there is an attempt to sell us the insubstantial and the unimportant as artistic creation. In this society it is clear that we all have to put up with the fact that everything is permitted and forgiven if there is a market that feeds it, as vulgar and shameful as it may be. I would like to save certain acts with artistic intentions and large doses of improvisation that for the last thirty years have been on the supporting side of many vanguard movements, structuring themselves around impulsive, spontaneous and unconventional forms of expression, but only ever if these acts had some meaning, of course. If the act in itself requires no more reward than applause or popularity, then it loses all interest, becoming a clumsy attempt by the most fame-hungry characters to attract attention. There is neither aesthetic nor commitment here. In fact, one of the keystones their defence rests on –physical action expressed by the body as a single tool– completely loses its range if we look back on history: the human body has always coveted both the material and immaterial parts of everything that affects and accompanies us throughout life. It has always been cultivated, brutalized, used, mistreated, wounded or adored, according to the context. In the case of a performance, it is not going to show us anything that we haven’t seen before in the press, in the news or in some documentary about concentration camps or African tribes. They are not even wake-up calls. They are perhaps more pathetic, especially when the reflection they are looking for turns into a disgusted face about some salacious, abject matter. The result is none other than a banalization of the real underlying problem with the corresponding loss of seriousness and accuracy. If one is trying to make some kind of 18

RkJQdWJsaXNoZXIy NzgyNzA=