LLEI D'ART 11

La idea que desde la contemporaneidad se hace respecto a la constante innovación de las formas de expresión artísticas (la apuesta por la invención de nuevos lenguajes, que no por la auténtica renovación poética), provoca que a menudo se descuide que esta innovación puede ser aplicada debidamente a metodologías didácticas de carácter más tradicional, como es el caso de la escultura, teniendo en cuenta sus contenidos y complejidades, trascendiendo aquello que tradicionalmente se ha venido a llamar el oficio en la representación de la realidad. Es decir, siguiendo a Clark, la representación del cuerpo no como tema, sino como forma de arte. Nuestra tarea es la de recuperar los conceptos de la tradición desde la innovación de los comportamientos creativos, es decir, innovar los procesos creativos sin destruir la idea de la representación o de la forma como conceptos más enraizados en el seno de un área de conocimiento como es la escultura. El carácter tridimensional de la forma, de la forma escultórica, crea una dificultad añadida al resto de representaciones en el ámbito de la imagen. Es cierto que tenemos una gran cultura visual, y que en nuestra sociedad la imagen y todo lo que la envuelve ocupa un lugar preeminente. Pero también es cierto que esta imagen se concibe mayoritariamente sobre un plano bidimensional, como imagen nacida principalmente de la idea de ventana renacentista, propuesta por Alberti. Bien es sabido que la escultura, al ofrecer una multiplicidad de puntos de vista, se interrelaciona de una manera muy especial con nosotros en tanto que espectadores. Entender el volumen tridimensional y entender esta relación con el sujeto acaban siendo una misma cosa para el creador y para el espectador. Por eso, desde la escultura, tanto en el ámbito de la fruición como en el de la praxis del arte, se desarrollan una serie de habilidades, de cultura espacial, que difícilmente pueden adquirirse desde otras áreas. La escultura que pretende representar la realidad, aporta a la idea abstracta de la forma la idea perceptiva del modelo. La experiencia de la realidad (el trabajo con el/la modelo que posa) no se pretende necesariamente la obtención de una copia exacta del mismo, es decir, aquello que convencionalmente se llama mimesis , pero ello no significa una renuncia a la representación, al verismo, a la perfección o a la belleza. El polo opuesto a la representación realista no es, ni mucho menos, la abstracción. La abstracción es una característica inherente a la obra de arte. La abstracción es el proceso por el cual somos capaces de representar nuestra visión de la realidad (sea ésta una realidad ideal, mental, geométrica, orgánica, irracional, perceptiva o naturalista) en un soporte exterior, como traducción de la misma, permitiéndonos la comunicación estética. Es aquí donde cobra vigor la expresión por cual, por definición, toda obra de arte es abstracta. Sin este valor intrínsecamente abstracto, la obra se convierte en un conjunto de formas sin sentido, sean estas figurativas o no-figurativas. Esta esencia ontológicamente abstracta es el factor que permite la trascendencia de la obra, y su conexión con la idea de belleza. La práctica de la escultura nos hace muy conscientes de esta situación. En la primera acción de modelar en barro, nuestras manos crean una forma y, por tanto, modelar es poner en pie, erigir, dar vida una forma inicialmente informe. Por tanto modelar es, sobre todo, un medio para imaginar, para elaborar imágenes. Este acto de dar forma une la mera acción escultórica al sentido más universal de la creación de la imagen, tal y como significaba la voz medieval imaginero para referenciar indistintamente al pintor y al escultor. Así, esta imaginería, entendida como ingeniería o creación de la imagen, trasciende el conocimiento empírico conferido por el contacto con el barro en escultura y nos pone en el camino abstracto de la representación. De esta manera el proceso de modelar se manifiesta en toda su integridad y complejidad, por lo que no sólo se ciñe a la materia utilizada (barro, cera, escayola...) sino a la serie de correspondencias que configuran la creación artística. Por lo que modelar no sólo significa tan sólo aprender a amasar el barro, sino adentrarse en el universo de configuración de la imagen y conectar con la creación de la belleza. Una imagen es «una visión que ha sido recreada o reproducida. Es una apariencia, o un conjunto de apariencias, que ha sido separada del lugar y el instante en que apareció por primera vez y preservada por unos momentos o unos siglos. Toda imagen encarna un modo de ver» (J. Berger. Modos de Ver. Gustavo Gili, Barcelona, 1975, págs. 15-16.) y, conforme tomamos conciencia de este hecho, nos convertimos en sujetos creadores, modeladores de imagen y, de igual manera, impresionamos en la imagen nuestro modo de ver y En este período de la vida, querido Sócrates –dijo la extranjera de Mantinea–, más que en ningún otro, le merece la pena al hombre vivir: cuando contempla la belleza en sí. Si alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el oro ni con los vestidos ni con lo jóvenes y adolescentes bellos, ante cuya presencia ahora te quedas extasiado y estás dispuesto, tanto tú como otros muchos, con tal de poder ver al amado y estar siempre con él, a no comer ni beber, si fuera posible, sino únicamente a contemplarlo y estar en su compañía. ¿Qué debemos imaginar, pues –dijo–, si le fuera posible a alguno ver la belleza en sí, pura, limpia, sin mezcla y no infectada de carnes humanas, ni de colores ni, en suma, de otras muchas fustilerías mortales, y pudiera contemplar la divina belleza en sí, específicamente única? [...] ¿o no crees –dijo– que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo que es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no estar en contacto con la imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está en contacto con la verdad? Platón, Banquete 211d-212a, Gredos, Madrid 1986, Tomo III, págs. 264-265. 61

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