LLEI D'ART 3

52 LLEI D’ART en que no sabes si la obra buena, era el cromo o el mono disecado. Poco importa la eventual para- fernalia con que la vistan los supuestos teóricos ¿Dónde nos hemos dejado olvidados aquellos pa- rámetros teorizados y practicados que hemos ex- puesto anteriormente sobre la obra de arte? Es necesario que en este momento histórico que abordamos seamos capaces de sistematizar, de catalogar las artes y situarlas cada una de ellas en su contexto y género, no por el gusto estético o por el dinero que genera la obra, sino por los mé- todos efectuados para su creación, que deben ser, independientemente de los soportes y las técnicas utilizadas, un arte de buena ejecución, con méto- do, con pensamiento y, sobre todo, capaces de transmitir ideas. Sólo así podremos evaluar cada caso y cada artista sin, que se crucen entre sí los intereses particulares de cada estilo o formato creativo, porque de otro modo, con ello, lo único que conseguiremos es generar un caos en la opi- nión, un mal resultado creativo y una cantidad de producción que tarde o temprano quedará obsole- ta en las bodegas de museos e instituciones. Por último, el artista, para ser honesto, no sólo debe saber aplicar la técnica, el acto creativo y esperar a que su obra se venda inmediatamente, sino que además debe ser responsable del legado que deja, debe ajustarse a la contemporaneidad, ser consecuente consigo mismo, y saber que si lo hace bien, el privilegio que siente como creador se verá recompensado por una iluminación interior que se reflejará en la obra, proyectándose hacia el espectador camino a su trascendencia. Para ello debe estar al día de cada uno de los aconte- cimientos que se producen en la sociedad y ser fiel informador de su tiempo, no como un cronista, sino haciendo su arte desde la honestidad. De la misma manera que aquel que opta por el mecenazgo, escribe sobre arte o intenta vender el producto de un artista: debe saber qué es aquello que tiene va- lor y no aceptar el ‘todo vale’. El paradig- ma del ‘todo vale’ despierta a los artistas que piensan que el arte es un valor eco- nómico y al espectador que ya no sabe lo que es o no el verdadero arte. Pero lo que sí es cierto es que no impor- ta qué formato se use ni qué tipo de ex- presión se utilice si ésta alberga en su in- terior contenidos y códigos reconocibles y, sobre todo, de qué manera y dónde cabe el tema de la honestidad. ticamente y repetidos sus mecanismos con ante- rioridad, provoquen satisfacción en el espectador. Y esto, unido al boom económico de la última dé- cada del siglo XX, y parte de la primera del XXI, hace que se contamine el mundo del arte, se en- trecrucen escenarios de exhibición y se llenen las librerías con libros de arte, que hablan más de las obras, que de los artistas, para satisfacción de crí- ticos y comentaristas de arte. Ahora asistimos a un momento en que todo vale y los parámetros de evaluación del arte son subje- tivos en cuanto que ya no hay límites. Tú puedes vender un tiburón disecado, o reproducir en bron- ce un brazo conservado en formol, o quemar una pila de pianos, siempre y cuando alguien use esto como un medio para escribir de algo y argumentar- lo, aunque sea valiéndose de ideas fantasiosas. El ‘todo vale’ es la conversión de la honestidad y el buen hacer, en una manera de fabricar dinero, y para eso, ya no importan los principios primarios del arte, ni los planteamientos de lo que se hace, sino si es vendible o no, aunque sea antimoral; y en este juego entran instituciones, museos y galerías. Vivimos en un momento en que los parámetros de evaluación del arte son subjetivos en cuanto a que ya no hay límites acerca de lo que es arte o no: performance, videoart, nuevas tecnologías, mass media, nuevos soportes, nuevos materiales, nue- vas formas de acción, y por supuesto, el consabido ‘todo vale’. Todo vale dentro de estos parámetros. Cada día es más difícil evaluar la obra de arte. Pues para aquéllos que se supone que deben va- lorarla sobre la base de unas variables, tiene el mismo valor exponer unos sombreros en una ga- lería como obra de arte, que un mono disecado. Ya no se sabe qué es una galería, porque donde hoy te exponen un cromo, mañana es una repro- ducción interpretada de Bacon. Llega un momento Dos viejos comiendo sopa. Francisco de Goya (1819-1823). Romanticismo. Museo del Prado (Madrid).

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