LLEI D'ART 4
11 el rincón del profano En 1748, la Academia de Bellas Artes de París pone ofi- cialmente en marcha, en el Palacio del Louvre, el Salon de Paris, un acontecimiento artístico que se convertiría en el más relevante del mundo durante casi ciento cin- cuenta años (hasta 1890). El Salón, la calidad de cu- yas obras a exponer era celosamente custodiada por el estricto conservadurismo de los académicos franceses, se convirtió en cita esencial para cualquier artista con ambiciones, que albergase deseos de triunfo. En el año 1863, sin embargo, el número de obras re- chazadas por el jurado resultó ser tan exultantemente escandaloso (más del sesenta por ciento de las obras habían sido repudiadas), que el emperador Napoleón III, en un alarde de benevolencia democrática, decidió destinar un salón a la exposición de los artistas recha- zados oficialmente, con el fin de que fuera el propio pueblo quien arbitrara la legitimidad de las obras cen- suradas. En base a estas premisas, se inauguró, el 17 de mayo de 1863, el Salon des Refusés o Salón de los Rechazados, con pinturas expuestas desde el suelo hasta el techo. Irrumpe en el escenario la figura del crítico de arte, cu- yos escritos nutren las páginas de los periódicos con su abundante y ácido discurso, destinado a avivar la su- el salón de los rechazados « Exposition au Salon du Louvre en 1787 ». Pietro Antonio Martini. Grabado calcográfico. Colección particular. Barcelona. blevación de las clases burguesas contra la vanguardia emergente. Lo realmente irónico del acontecimiento es que la propia y despiadada crítica que lapidaba el ta- lento de muchos de aquellos vilipendiados y humillados artistas, hoy reconocidos como grandes figuras de la historia del arte, fue lo que realmente legitimó su validez y su trascendencia. Paradójicamente, muchos de los que en su día impug- naban la manifiesta evolución que el arte comenzaba a experimentar, se veían irrevocablemente arrastrados por el magnetismo de un estilo ante cuyas formas y co- lores no podían permanecer indiferentes. La influencia de las nuevas líneas expresivas era descomunal, y la calidad de las obras presentadas, insuperable. Se trata- ba de un estilo realmente propio, perfectamente identifi- cable, a salvo de tediosas comparaciones. Era el inicio del arte moderno. Aquello significó una gran revolución para el artista, quien experimenta una profunda transformación. Ahora es el público quien dibuja su mundo y maneja sus mu- sas. Se encuentra ahora frente a un dilema que va a tor- turar su libertad, y que le invita a optar entre ser recono- cido o creativo. Édouard Manet, piedra angular de todo este movimiento, y considerado padre del impresionis-
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