LLEI D'ART 4

12 LLEI D’ART mo, resultó ser una de las figuras más contradictorias a este respecto. Aunque toda su vida anduvo en busca de la fama y el reconocimiento oficial, no supo desvincular- se del enérgico torrente de profundas transformaciones que estaban teniendo lugar en el mundo del arte, y a las que contribuyó deliberadamente, intentando eviden- ciar la esterilidad de aquel arraigado academicismo que durante tantos años había gozado del favor real, frío, amanerado y carente de todo sentido. Uno de sus mejores amigos, el escritor francés Émile Zola, también supo defender su posición, y la de tantos otros artistas continuadamente rechazados por los salo- nes oficiales. En su novela La obra (1886), criticaba du- ramente los criterios descalificadores de la mayor parte de los salones de arte. Durante la segunda mitad del siglo XIX, tuvieron lugar hechos muy relevantes. Los artistas optaron por con- vertirse en su propia y mejor obra de arte. Sintiéndose profundamente incomprendidos, optaron por ser juez y parte, emancipándose, reuniéndose, compartiendo taller o participando en tertulias y debates donde en- contrar un cierto amparo a su marginación. Algunos de los así rechazados, como Renoir, Monet, Sisley o Bazille, se reunían en el café Guerbois, en la rue des Batignolles, muy cerca de la casa de Zola, para depar- tir sobre todo cuanto acontecía. La solidaridad de ese grupo, totalmente decidido a acabar con la intolerancia y obstinación academicistas ya resultaba, en sí, toda una revolución. Organizaron sus propias exposiciones, burlando de este modo la intransigencia que les condenaba a ocupar los últimos rincones de las salas de exposición, o ser objeto de las más descarnadas burlas. Con respecto a este úl- timo detalle, vale la pena recordar un párrafo de E. Zola, extraído de su novela La obra : “En la sala del Este, el almacén donde agoniza el gran arte, el desván donde apilan las vastas composiciones históricas y religiosas, frías y sombrías, se estremeció de pronto, y se quedó inmóvil alzando los ojos. Dos veces había pasado por allí, y no lo había visto. Alto estaba el cuadro, allá arriba, tan arriba que no acababa de conocerlo, puesto como una golondrina, pequeñito en su rincón...” Es de esperar una gran decadencia en una época como la actual, tan caracterizada por el brutal avance tecnoló- gico, como por haberse ido despojando, una a una, de todas sus más hondas tradiciones y creencias. Enmas- carada de innovación lo que no es más que una burda imitación del pasado, gran parte del arte que actual- mente circula por los salones de los elegidos, apenas ha experimentado unos cuantos cambios, tan monóto- nos como infructuosos. Y aunque bien es cierto, como decía Nietzsche, que el arte no se explica, sino que se siente, hace ya dema- siado tiempo que nadie siente nada, excepto añoranza. Resulta deplorable tener que asumir que el arte actual ha sumido al público en una profunda desafección y gran desconcierto, porque si bien es cierto que es pre- ciso contemplar la evolución de la expresión sin conde- narla, también lo es que las propuestas actuales distan mucho de poder llegar a seducir a una sociedad que ha sido tan manipulada que ha perdido gran parte de esa flexibilidad interpretativa que en vano se supone que conserva. Han sido demasiados los intentos fallidos, el tropel de mensajes torpemente codificados, excesiva- mente insistente la imposición de obras que nadie ha entendido, ni entenderá jamás. Actualmente, muchos de los artistas rechazados por las plataformas oficiales de promoción cultural, continúan en la misma disyuntiva que condujo a Manet a oscilar entre lo oficial y lo oficioso, luchando por subsistir. Esa tan cuestionada y controvertida evolución hacia la que el arte debería tender, aún a costa de dejar atrás gran parte de los más arraigados principios, conlleva -digo yo-, la creación de unos nuevos a los que aferrarse, pero ante un panorama como el que se nos presenta, donde todo redunda en sobresaturación, degradación o transgresión, me pregunto: ¿adónde nos dirigimos?. “No estamos al final, sino en un período de transición, en los comienzos de otra cosa.” Émile ZOLA. La Obra «L’atelier de Bazille, rue de la Condamine”. Frédéric Bazille. Oleo sobre lienzo (1870). E. Zola aparece representado sobre la escalera. Museo de Orsay (Paris) “ Retrato de Émile Zola”. Édouard Manet(1868). Museo de Orsay (París).

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