LLEI D'ART 4
27 Tras la segunda guerra mundial, en la que sirvió du- rante cuatro años, buscó la colaboración con algunas revistas y fue precisamente en The New Yorker (la re- vista que descubrió su gran talento y con quien firmó se- miexclusiva) donde publicó los primeros fragmentos de lo que posteriormente se convertiría en su gran obra, si bien Caulfield ya había visto la luz muchos años atrás, en 1944, en un relato titulado Last Day of the Last Fur- lough. Hijo de un empresario judío y una madre escocesa, Je- rome David Salinger nació y creció en Manhattan. En- tre 1940 y 1948, el entonces joven escritor neoyorquino ya acarició sus primeros éxitos con relatos para dife- rentes revistas, como Saturday Evening Post, Esquire y Colliers , e incluso tras El Guardián… , aún aparecieron algunas colecciones de relatos, como “Nueve cuentos” , en 1953; “Franny y Zooey” , en 1961; “Levantad, carpin- teros, la viga del tejado y Seymour: una introducción” , en 1963 y, su última pieza publicada, “Hapworth 16” , escrita en 1924, un cuento corto que llenó las páginas de The New Yorker , en junio de 1965. En casi todos ellos aparecía la misma atípica familia Glass a la que pertenecía el joven Caulfield. Pero, tras el inesperado impacto de su novela, y el apabullante éxito editorial, Salinger muy probablemente experimentó, como el mis- mo Holden, miedo al formidable poder doctrinal de su pluma, confinándose en su remoto fortín de Cornish. También de este modo, las historias de ambos parecían discurrir paralelas (en un pasaje de El Guardián… , Hol- den revela: “Me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente” ) y quedar marcadas por la más absoluta de las coherencias: Holden se niega a crecer; Salinger no volvió a publicar. Es quizás la integridad uno de los valores en los que más fervientemente creía el enigmático escritor, llevan- do su expresión hasta sus más espectaculares conse- cuencias, como en la figura de uno de sus personajes de ficción, Buddy Glass, quien decidió dejar de hablar como tributo a la trascendencia del silencio. Contadas fueron las ocasiones en que el escritor aban- donó su residencia, aunque sí lo hizo con motivo de la publicación del libro de su hija, Margaret, en el año 2000, unas memorias tituladas “El guardián de los sue- ños” , donde desvelaba toda una serie de escabrosos detalles sobre la vida privada de su padre, al que con- sideraba un eremita, totalmente consagrado a su obra, de talante muchas veces tiránico para con su familia y profundamente obsesionado con la religión. Posterior- mente, un demoledor libro, publicado por Joyce May- nard, antigua amante del escritor, obligó a Salinger a abandonar de nuevo su fortaleza para entrar en nueva batalla, en defensa de su intimidad. El sueño de cualquier lector. El sueño de cualquier escritor. José María Guelbenzu. El País. Como él mismo afirmaba, con respecto a su reticente negativa a la republicación de algunos de sus escritos, fruto de sus inicios como escritor: “No intento esconder mis pecados de juventud. Es sólo que no creo que me- rezcan ser publicados”. Según informó su agente literario desde New York, el afamado y ermitaño autor murió en su casa por causas naturales. En alguna ocasión, el propio escritor deseó que sus escritos pudieran llegar a desaparecer de la misma manera, en su propia reclusión, sin llegar a ser leídos por nadie. Ahora su silencio será imperturbable y eterno. La fama a la que le catapultó su polémica obra le condenó a una constante huida que marcó su exis- tencia. Se dice que quemó todos sus escritos, por lo que la ilusión de poder contar con una obra póstuma, queda convertida en una esperanza vana. En una época donde la búsqueda del éxito y la cele- bridad se ha convertido en la tierra prometida de los más mediocres, alimentados por el ansia y la vanidad, no deja de resultar admirable la impecable postura de quien, muy posiblemente en nombre de algún principio o valor personal que mantuvo tan oculto como su propia existencia, renunció a la gloria y al aplauso, para refu- giarse en un solitario entusiasmo por escribir, que no deseaba, o no creía conveniente compartir con nadie más que con él mismo. Tras la tercera edición de El guardián... , eliminó su re- trato de la portada. Sólo deseaba ver publicada la obra. Sin embargo, la aparente misantropía del intrigante es- critor nunca pareció afectar a sus relaciones con sus ve- cinos, con quienes parece ser que se mostraba afable y confiado. También fue condescendiente con los es- tudiantes, hasta el momento en que se sintió profunda- mente traicionado cuando lo que a primera vista pare- cía una inocente entrevista para un diario escolar local, apareció publicado en primera página. Este hecho sólo Detalle de la primera página de la edición en español de “El guardián entre el centeno”, de J.D. Salinger.
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