LLEI D'ART 4

35 planos y maneja los volúmenes, creando admirables efectos sensoriales que vinculan la totalidad con cada de las partes. Por algún rincón, cuidadosamente apoyado sobre la pared, me tropiezo con algún óleo. Alguno está por concluir, otros quizás nunca lleguen a acabarse, pero ahí están, a la espera de un mejor momento. Dibujos, decenas de estudios sobre un mismo tema: seductoras texturas o incursiones de gris en un océano de color, todo bajo el inconfundible matiz surrealista que impreg- na gran parte de sus obras, impecables. Sus líneas, grandes musas, diferentes todas, peque- ñas, infinitas, conforman los objetos, los cuerpos, entra- mando distintos contextos en una sola red visual que a veces incluso juega a sorprendernos, simplemente por dar la falsa impresión de estar fuera de lugar, o como él mismo define: “Lo blando, moldeado por lo duro. Nostalgia de infancia protegida. Sábanas, primer y último vestido. Acogida, recogimiento, calor, ternura, erotismo. Líneas que dibujan y desdibujan, haciendo y deshaciendo formas,…” L. Noriega modo alguno su capacidad para relacionarse social- mente, como viene siendo habitual en muchos artistas. Él sonríe y recibe a sus alumnos y amigos, con una cor- dialidad que cada vez es menos frecuente en el mundo en que vivimos. Disfruta de la conversación, y la enri- quece constantemente, no sólo aportando un mayor y mejor contenido, sino también embelleciendo su forma con su siempre buena disposición y entusiasmo ante una apacible tertulia. Su estudio-taller es enorme y no le falta detalle. Ima- gino cientos de historias escondidas entre botes de pinceles, tórculos, cajas de madera llenas de lapiceros de colores, taburetes y caballetes. Hasta el objeto en apariencia más insignificante parece respetar un orden preestablecido y, sobre todo, una estética con aires de bohemia. Entra luz por todas partes. Grandes piezas comparten espacio con pequeños grabados, bocetos, maravillosos dibujos que ya apuntan ambiciosas com- posiciones. Y moviéndose dentro de ese escenario de líneas que se dibujan y desdibujan, que nacen para difuminarse o desvanecerse, que hacen y deshacen formas y volúme- nes, hallamos a Carles Vergés, moviéndose sin prisa ni pausa en un escenario espacioso, donde hasta incluso cada pieza de mobiliario respeta una alineación conci- liadora. Sobre una de las mesas de trabajo, entre papeles y botes de pintura, ha dispuesto unos termos con café caliente, té, y algo de repostería local, recién horneada, cuyas cualidades él se preocupa en descubrirnos. Es cierto, es una coca deliciosa. Aunque le conozco desde hace tiempo, su extraordinaria amabilidad siempre lo- gra sorprenderme, quizás porque es auténtica. Su talante es magnífico, y uno tiene siempre la sen- sación de volverse a casa con algo más de lo que ha traído, porque, además de compartir generosamente vivencias y descubrimientos, Carles aporta sosiego y paz. Quizás sea por eso por lo que su taller siempre tie- ne alumnado. No es sólo lo que transmite, sino la emo- ción profunda que siente cuando lo hace. Disfruta com- partiendo experiencias y, con ello, facilita enormemente la comprensión de conceptos para él tan asequibles y familiares. Tiene un estilo sumamente depurado en el que se sien- te a gusto. Su magna habilidad dentro de la expresión gráfica, le permite adentrarse en el dibujo a lápiz o a tinta china con precisión, trazando todo tipo de líneas, largas y cortas, y entrando en el juego tridimensional mediante la magistral aplicación de las técnicas bási- cas de dibujo. Líneas horizontales, verticales, curvas, inclinadas u onduladas caen rendidas ante la seguridad y exactitud de la mano del artista, astuto en las transi- ciones de grosor e intensidad. Juega con los diferentes

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