LLEI D'ART 4
43 se camino vendiendo sus dibujos por poco más que nada a quienes, sin entender demasiado bien sus extra- ñas y fantásticas representaciones, sí parecían entrever que tras esa sólida autodeterminación, se ocultaba una visión totalmente diferente de lo hasta entonces visto. Y puesto que él era, y sigue siendo, una de esas po- cas personas que precisan muy poco para sobrevivir, no cejó en su empeño de seguir insistiendo en lo que más amaba: su trabajo como artista. Y como en la vida, nada es casual, fue entonces cuando conoció a Grigor Mouradian, alguien que confió en su talento y en él de manera absolutamente incondicional y gracias a cuyo apoyo pudo Emil despegar hacia un prometedor hori- zonte artístico. “Quizás exista muy poca gente en este mundo que, de manera seria y desinteresada, contribuya al desarro- llo del arte, sin esperar nada a cambio - como hace Grigor, sólo por el placer de hacerlo”. “No hubiera podido conseguir nada sin él”, y continúa “un artista es alguien que crea riqueza cultural, pero, entre bastidores, hay gente, sin cuya existencia, toda esa creación sería inalcanzable”. Creo que toda esa gente debe salir a la luz, que hay que proclamarlos constantemente y bien alto, mucho más de lo que hasta ahora se ha venido haciendo.” La obra de Emil arrastra su historia. Poderosamente influenciada por el ambiente teatral (su madre era cos- turera de una compañía local de teatro), muchas de sus figuras recrean un universo fantástico, repleto de simbología y abundante iconografía cristiana. Incorpora abundantes elementos robados a escenas de su infan- cia. Con tal efervescencia imaginativa, el artista muestra con ironía y grandes dosis de sarcasmo, las pasiones y debilidades humanas que tiranizan a la humanidad, aunque no puede evitar dejarse llevar por una espiritua- lidad liberadora que le exige dar lo mejor de sí mismo, mediante la expresión de una suerte de misticismo sen- sual que Emil traduce con talento en todas sus obras, no faltas de autorretratos. Con una herencia barroca, que se traduce en una pa- leta saturada de tonos terrosos y de sombras bien con- trastadas, sus criaturas “sobrenaturales”, místicas o mi- tológicas, invitan al espectador a abandonar la realidad física y adentrarse en un mundo de apariencias donde nada es lo que parece. Columpiándose entre la delicadeza y la monstruosidad, adopta múltiples lenguajes expresivos que, en el caso de sus dibujos, no dejan de evocarme, aunque sea su- tilmente, la serie de caprichos con los que Goya recreó “Ancient melody” (2005). Óleo sobre lienzo. Emil Kazaz. Foto Hayk Adamyan. “Flying masquarade” (1992). Escultura en bronce. Emil Kazaz. Foto Yona Engel & Levon Parian.
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