LLEI D'ART 4
72 LLEI D’ART (1478-1532), llamado realmente Jan Gossaert. En La metamorfosis de Hermafrodita y Salmacis , recrea la unión de ambos sexos en un solo individuo. Eros mues- tra una más de las muchas caras que tiene: no todo debe ser masculino o femenino sino ambos al mismo tiempo. Es el preludio de la apertura de pensamiento que nos transporta a momentos de finales del s. XX. También nos han deleitado las obras de ese mundo especial, onírico, fantástico y sexual que nos regaló Jeroen Anthoniszoon van Aken, llamado Hieronymus Bosch (1450-1516), en español, conocido como El Bos- co. Sus obras más relevantes y que todavía hoy, en el siglo XXI, no están del todo descifradas, nos fascinan y provocan una visión diferente de un universo cercano al surrealismo, donde no faltan las conductas de mar- cado carácter sexual como son El jardín de las delicias donde observamos los excesos de Eros, o El vendedor ambulante , doble tabla de los reversos de El jardín del Edén y El infierno (panel derecho e izquierdo del tríp- tico El carro de Heno ), donde representa los caminos distintos a tomar en la vida, uno representado por un burdel con el signo de la oca blanca que simboliza la lascivia, y otro tortuoso y lleno de obstáculos, que teó- ricamente representa el buen camino. El carro de Heno representa los placeres de la vida, los deleites que nos llevan irremediablemente al infierno por culpa del peca- do original. El Bosco utiliza la religión como argumento, aunque el verdadero protagonista es la humanidad, con sus debilidades (pecados), utilizando la simbología mi- tológica para hacer patente su mensaje. En su cosmos hay un orden lógico y posible, pero extraño. Incluso me atrevería a decir que reviste una visión paranoica de la vida. Felipe II se enamoró de su obra y adquirió varias de ellas, que hoy luce el Museo del Prado. En Francia y España, el Renacimiento llegó más tarde, y sus máximos representantes detuvieron el flujo de sus pinceles ante la influencia de Eros. Pocos atrevimientos vemos en ellos, y algunos son aquellos que tímidamen- te bebieron directamente de las fuentes del Manierismo italiano, como Gaspar Becerra con una buena versión de Danae recibiendo la lluvia de oro o, en España, Pe- dro Berruguete, versionando a La virgen de la leche en varias ocasiones y en alguna de ellas con gran eviden- cia erótica, o los pintores de la escuela de Fontaine- bleau en Francia, dejándonos alguna buena obra de una lujuria lésbica y pública que ha pasado a los anales del arte y del erotismo: Gabrielle d’Estrées con La du- quesa de Villars en el baño, de Jean Cousin el Joven. Eros se puso a descansar, los desvelos a los que es- taba acostumbrado se vieron apagados, quizás por los excesos anteriores o por simple agotamiento de “lo hu- mano”. Llegaron los tiempos del Barroco (1600-1750) y, con ellos, el dominio de la iglesia católica frente al caos protestante, erigiéndose en mecenas de los artis- tas mas destacados. Son tiempos de grandes cambios. El nuevo continente reclama la atención de ricos y bur- gueses españoles, portugueses e ingleses. En Italia, los pequeños estados, o bien fueron conquis- tados (España y Francia) o se agruparon en torno al Va- ticano, aunque, como siempre, precursores del cambio artístico, fueron los primeros en acusarlo y evidenciarlo, potenciando la voluptuosidad y el movimiento, sin suti- lezas, directo a las emociones y al servicio de la “con- trarreforma” de la iglesia romana. Se establecieron dos grandes corrientes opuestas entre sí, el naturalismo tenebroso de Caravaggio y el clasicis- mo romano-boloñés menos real, más emulador, de los maestros del principio del renacimiento, como Miguel Ángel o Rafael, recuperando la mitología y, con ella, a Eros. Aunque Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610), también utilizó el poder de la simbología griega con la obra El Amor victorioso , precioso lienzo de 156 x 113 cm. con un claro dominio del claroscuro y un realismo abrumador, donde aparece Eros o Cupido (Amor) pisoteando a lo que entonces se consideraban todos los poderes terrenales, como el gobierno, la cien- cia y el arte. En el Barroco los mensajes deben ser así de directos. No hay que dejar nada al azar o a otras lecturas no convenientes para los intereses de los me- cenas. Eros se considera, simplemente, un elemento nocivo para el progreso. El Barroco clasicista italiano es más dulce pero igualmente directo. El amor victorioso (1602). Caravaggio. Gemäldegalerie de Berlín (Alemania).
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