LLEI D'ART 4

79 fin, parece sonar la nota, el sorprendido asno custodia y atesora su logro, perdiendo la obra, de este modo, todo su sentido. Y es que he aprendido que el arte de los grandes es siempre el más generoso. Nunca valora en extremo el logro, porque su capacidad creativa es comparable a la del amor o la bondad: cuanto más se muestra, más crece. Es de esperar que el buen artista consiga reflejar su misiva, mediante la meticulosa aplicación de su saber, al servicio de su ingenio y su imaginación. Eso es lo nor- mal, aunque desafortunadamente, no sea lo frecuente. Sólo frente a su tela, al artista accidental se pregunta dónde reside la clave del éxito para poder repetir la ha- zaña –si es que algún día la hubo-, pero nunca logra encontrar la llave que abre la puerta a la explicación, y mucho menos a la capacidad, simplemente porque no la hay. Y cuando recurre a ese recóndito y misterioso rincón donde se supone custodia su genio creativo, no consigue esbozar nada coherente, porque a su pincel le falta el alma, y muchas veces, la más básica técnica. Pero en este peculiar contexto, también se acomoda otra especie artística de considerable interés. Se trata del académico, del artista de oficio, con una dote de conocimientos técnicos lo suficientemente importante como para suplir su falta de iluminación, talento y crea- tividad. Son consecuentes con sus limitaciones y per- fectos conocedores de sus habilidades. Este colectivo cuenta con todos mis respetos, excep- ción hecha de quienes, al amparo de un cierto rencor hacia los bendecidos con el don de la genialidad, gas- tan más tiempo destruyendo lo ajeno que construyendo lo propio. La vulgaridad condenando la iluminación, en una especie de enfrentamiento entre el mal y el bien. Desafortunadamente para el pobre insensato, este tipo de actitud no hace sino atormentarle e incapacitarle para acceder a un nivel superior de conocimiento, tanto material como espiritual, simplemente porque la envidia y el resentimiento son perniciosos para con quien los alberga. Claro ejemplo nos lo proporciona la triste –e injusta se- gún que fuentes-, versión sobre la tormentosa existen- cia del compositor Antonio Salieri, contemporáneo de Mozart y de algunos otros compositores de reconocido talento, y quien se vio arrastrado por la mezquindad a la que supuestamente le condujo el hecho de saberse mediocre. Es preciso ser “algo más” que un insignifi- cante para llegar a reconocer la propia desventaja. La constatación de su condición fue probablemente para Salieri su mayor tormento. Y de igual modo que si de una conjura de necios se tra- tase, los mediocres se confabulan para derrocar al ta- lento y a la singularidad, sin apenas percatarse de qué modo destaca la magnificencia de la melodía sobre el resuello del jumento. Y como Tomás de Iriarte bien supo extractar en su mo- raleja: “Sin reglas del arte, el que en algo acierta, acierta por casualidad.” A. Fénix

RkJQdWJsaXNoZXIy NzgyNzA=