LLEI D'ART 4
80 El romanticismo del siglo XXI En busca de la sabiduría del sentir Recientemente leía, a través del suplemento cultural de La Vanguardia , un monográfico, sin desperdicio por cierto, que mostraba una visión retrospectiva y prospec- tiva del movimiento romántico. Antes de impregnarnos de la fragancia de este relevan- te movimiento cultural y político –sin duda alguna uno de los más trascendentales-, creo conveniente realizar un breve repaso a los principios fundamentales sobre los que el romanticismo primigenio se sustentaba. El Romanticismo fue un movimiento cultural y político originado en Alemania y en el Reino Unido a finales del siglo XVIII, a modo de reacción exacerbada contra el racionalismo de la Ilustración –que buscaba disipar las tinieblas del desconocimiento a la luz de la razón, y el profundo ordenamiento racional clasicista. Quizás su principal rasgo se configure en base a una ruptura con lo estereotipado, para conferir prioridad a los sentimien- tos. Su búsqueda constante se convirtió en su peculiar manera de sentir y concebir la vida, en torno a una exis- tencia marcada por la conciencia del yo y la supremacía de las emociones. Prototipo de rebeldía y vehemente idealismo, el roman- ticismo no reconocía sus límites y exaltaba el instinto, las pasiones y la libertad. Sus posibilidades de creación de un mundo ideal, parecían ser infinitas. Valores como la autenticidad, la lealtad, la imaginación y la fuerza, se convirtieron en el paradigma del arquetipo romántico. Su afán introspectivo, y su interés por la naturaleza, confluyen en su pasión por el paisaje, frecuentemente inhóspito, desolado y siniestro, donde la figura humana apenas interfiere, potenciando la conciencia romántica del desarraigo y de la nostalgia por alcanzar lo anhela- do. Feroces perseguidores de la excelencia, sus prin- cipios, casi dogmáticos, se entrecruzan con muchas de las tendencias actúales, lo cual no deja de resultar paradójico. Actualmente, tras saborear el regusto amargo de la que viene siendo una profunda crisis existencial, propia de una civilización decadente e individualista, la consigna del romanticismo parece querer echar renuevos, ali- mentados por incipientes líneas alternativas que procla- man la ruptura con casi todo lo anterior. De hecho, toda innovación y progreso implica necesariamente un cierto grado de ruptura y reanudación. Durante años, se ha venido calificando de “vanguardia artística” lo que en realidad no era más que las postrime- rías de una época durante la cual la sensibilidad había ido desvaneciéndose, a medida que crecía la deshu- manización del arte. El concepto de arte de vanguardia ha ido quedando devaluado y confinado a un búnker de acceso restringido. Esta etapa, frívola e insustancial, ya está tocando a su fin. Simplemente porque es caduca. El artista moderno sin embargo, y con ello me refiero al colectivo que realmente representa la contempora- neidad, y que es mucho más heterogéneo de lo que insisten en hacernos creer, vive sumido en la búsqueda de su identidad, apresado por sus obsesiones, como los primeros románticos, y en eterno conflicto entre su concepción de la vida y el lenguaje de su entorno, pro- fundamente hostil. El nuevo romanticismo ocupa un puesto preferente en ese nuevo horizonte artístico que muchos creemos atis- bar. Este incipiente y desesperado intento por volver a enaltecer el desasosiego propio de la reflexión inteli- gente, adopta tildes vanguardistas, porque busca ajus- tar sus nuevas formas de expresión a las actuales in- quietudes del ser humano y a su compleja conexión con su entorno, que no siempre es el natural. Sin embargo los neorrománticos no huyen de la realidad, sino que se enfrentan a ella. Sus miras se dirigen en pos de un arte Viajero frente a un mar de niebla (1818). Caspar David Friedrich. Kunsthalle de Hamburgo (Alemania).
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NzgyNzA=