LLEI D'ART 4
83 sean absurdos… La exposición tiene un formato impuesto, que te impo- nen las circunstancias, que resulta también excitante, porque sabes que puede haber un máximo de 10 escul- tores con dos o tres obras, y eso te obliga a reflexionar más intensamente. Eso hay que tenerlo presente a la hora de hacer una exposición- después, cualquier per- sona aficionada o con un interés por el arte no puede renunciar a su propia percepción, pero, para mí, alguien que vive de su propia percepción, que sólo vive de su gusto, es desgraciado, porque pienso que jamás tendrá un diálogo con el arte, porque tener gusto es tener un diálogo contigo mismo, y sin embargo, lo interesante del arte, es que te saca de ti mismo, de tus casillas. Si te gusta o no te gusta es irrelevante, si no te gusta ya te gustará. En absoluto soy un comisario que se rige por cuestiones de gusto. Creo que no te puedes mover por esas visiones tan acotadas, me gusta o no me gusta, hay otros criterios. Hay cosas que te repugnan y son imprescindibles para ti, y cosas que te agradan y de las que puedes prescin- dir sin ningún problema. El arte es así. A la gente que le interesa el arte y lo ama tiene que estar acostumbrada a eso, a confrontar sus gustos con la realidad. Eso es lo que he tratado de hacer. Una exposición en la que intento negar mi subjetividad y no regodearme en ella. ¿Cómo se puede entender la escultura, una especia- lidad hecha para perdurar, en una época, como ésta, que se rige por el cambio constante, por el “usar y tirar”? Bueno, eso ya le pasa a todo. Hay gente que defiende no solamente que es reaccionario hacer objetos, sino que defiende que todo el patrimonio histórico del pasa- do, incluidas las pirámides, pueden destruirse porque lo importante es su imagen y la aprehensión del contexto en que se han producido. Hoy, esa postura no es que sea mayoritaria, pero sí vigente. Si esto se dice no ya del Partenón, sino también de Las Meninas, demues- tra que evidentemente cuanto más tridimensional, más grande y más costoso, peor. Éste es un cambio de pers- pectiva radical, el problema es que el prestigio de la es- cultura hasta el siglo XVIII se debía a que su material y su símbolo desafiaban al tiempo en una época en la que la gente pensaba que vivir bajo el tiempo era una des- gracia. De repente, en nuestra época, se produce una revolución, ya no hay nada intemporal, lo intemporal es una superchería, incluso moralmente odioso, alienante, perverso, y lo único real es que tú conoces a través de tus sentidos, en tu vida cotidiana y mientras vives. El único Dios que hay es el tiempo, que mide la duración de tu existencia. Bajo ese prisma, cualquier cosa que pese, que te reten- ga, que te dificulte esa fuga hacia delante de vivir abra- zado al tiempo es una maldición. La sociedad actual crea mitos para destruirlos, para confirmar que eso que admiras era mentira también, porque lo admirabas de- masiado, y esa es una moral muy distinta a la tradicio- nal. La escultura encarna eso de forma muy dramática. Es curioso porque el objetivo fundamental de todos los pensadores entre 1780 y casi 1900, era ridiculizar la es- cultura. Pero no sólo Baudelaire, también lo hizo Hegel, y lo hicieron todos los pensadores; todos se dedicaron, con más o menos ardor, a demostrar que se trataba de un arte muy primitivo, completamente antimoderno. Todo esto provoca una necesidad de reinventarse con otras cosas. Hay toda una serie de simulacros para, primero, defender la condición de escultor a través de intentos de no parecer escultor; y, segundo, defender por medio de simulacros la existencia de un objeto tri- dimensional. Entre los trucos más brillantes para poder hacer objetos tridimensionales está el ready made, por ejemplo, que te está engañando, porque la realidad es que se trata de una escultura clásica, con un determina- do tamaño, tres dimensiones… Pero, ¿dónde nos encontramos ahora? Ahora estamos en esta reconversión de todo a la ima- gen y donde lo peor que se puede encontrar cualquier iconófilo es una escultura, porque es muy difícil tras- ladarla a la imagen, porque, claro, un objeto tridimen- sional plantea problemas. Un ordenador te puede dar las tres imágenes simultáneamente, pero no el objeto. Siempre serán efectos de ilusionismo, pero nunca algo real. ¿Por qué le interesa tanto la escultura? Porque es quizá de las pocas cosas que no nos da la razón. En un mundo en el que progresivamente la gente está más anudada, creo que son fascinantes los ovnis. Un marciano llama mi atención y lo más marciano que he encontrado en el campo llamado arte es la escultura. Me interesan, no ya los trucos que ha desarrollado para sobrevivir en el mundo hostil, sino lo que tiene de intem- pestivo. Es como si apareciera de repente un neander- tal, que todo el mundo considera extinguido. Me parece Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente (Segovia).
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