LLEI D'ART 5
25 de un cierto rencor escondido en lo más hondo de su recuerdo infantil. Espacios enjutos, rostros cubiertos o cuerpos amputados o deformados, parecen reproducir el origen de algunas de sus inquietudes desde un mar- cado y personalísimo surrealismo. En alguna ocasión declaraba la escultora su clara intención de derrotar sus fantasmas sacándolos a la luz. Algunas de sus piezas más fabulosas reflejan explícitamente escenas familia- res, como la monumental Araña , custodiando una silla sobre la que reposa un tapiz. “Cuando experimentas dolor, puedes refugiarte y protegerte. Pero la seguridad de la guarida puede ser también una trampa.” Louise Bourgeois Su obra habla desde el dolor, pero manteniendo las dis- tancias. Reivindica la opresión sexual, la vulnerabilidad y la inseguridad, extrapolando emociones muy persona- les a contextos muy diversos, motivo este por el cual su obra ha identificado las turbaciones y preocupaciones de un gran sector de la sociedad. A lo largo de su dila- “Maman” la Araña de Louise Caroline Bourgeois, junto al Museo Guggenheim. Foto: Carlos Sieiro ©. tada trayectoria, Louise Bourgeois ha ido creando un estilo propio, intercalando rasgos propios de algunos de los principales movimientos vanguardistas del siglo XX, como el surrealismo, el expresionismo abstracto o el post-minimalismo. Aunque su obra es variada, son sus esculturas las que han mostrado siempre una impronta más personal y retroactiva. Sus emblemáticas arañas, representativas de todo un abanico de recuerdos (no olvidemos que su madre era tejedora) son alegóricas de la protección y, a un mismo tiempo, del engaño. Esta interesante ambigüedad se hace especialmente latente en Maman , formidable arácnido sostenido por unas si- niestras patas que, a modo de rejas, parecen enjaular al tiempo que proteger sus huevos. En los noventa creó sus famosas Celdas , escalofrian- tes recreaciones de las más angustiosas vivencias que puede experimentar el ser humano en toda su comple- jidad, en un loable proyecto terapéutico de abolición de sus propios terrores, aquellos que acompañaron su in- fancia, su juventud y su edad adulta, hasta que un día decidió darles forma plástica con sus propias manos para desmitificar su profundo impacto y acabar con su influjo.
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