LLEI D'ART 5
53 Existen tres fenómenos que nos ayudan a ello: percibir, interpretar imágenes (ver “como”) e interpretar signos lingüísticos. De este modo, no sería lo mismo contem- plar un cuadro y dilucidar, -mediante el análisis de sus características puramente estilísticas-, que se trata de una obra de Cézanne, por ejemplo, que simplemente reconocer sus signos y ubicarlos dentro del universo de los significados (“esto es un bosque”). En el primer caso, el espectador se interesa por la manera de tra- tar los elementos representados, mientras que en el segundo trataría dichos elementos (hojas, ramas,...) como indicaciones o señales, asociadas por signifi- caciones trascendentes a la propia representación, e ignorando completamente tanto lo que define a la re- presentación en cuanto a tal, como lo que le otorga su especificidad, esto es, su estilo como método particular de representación. Mimesis e imitación . El ser humano, valiéndose de la imitación, es capaz de aprender desde su niñez. El imitar es la forma más simple de aprendizaje y por ese motivo es la forma más precoz usada en la repre- sentación artística. A través de la representación, la obra se vincula con la realidad externa y la interioridad de su creador. El arte ensalza la realidad al imitarla, deteniéndola indefinidamente en el espacio y el tiempo y, además, revela a nuestros sentidos cualidades de la cotidianidad que nos suelen pasar desapercibidas.En el platonismo se difiere entre dos tipos de representa- ción a través de la imitación. La primera consiste en la copia de las propiedades del objeto sin querer imitar su apariencia y la segunda en la copia de la aparien- cia, para así conseguir un efecto de realidad. Aún así, para Platón, por más que la representación se ciña a las cualidades formales del objeto, nunca ve la realidad en ella, puesto que el mundo del que se copia tampoco es el real sino uno artificial creado a partir del mundo perfecto e inmutable de las ideas. La teoría Aristotéli- ca, sin embargo, defiende que la representación es la mera imitación de la apariencia de los objetos, o lo que es perceptible visualmente de ellos. La representación se ha inspirado en la realidad con- cebida como el mundo físico, mimetizando las formas y colores de la naturaleza, porque el hombre tenía la ne- cesidad de representar lo que estaba pasando delante de sus ojos. Así podemos decir que la representación es, en origen, una mimesis de la apariencia empírica del mundo físico. Evidentemente, la representación no es siempre una simple copia del objeto al que alude. La mimesis no se limita a la representación, sino que hace posible lo imposible, es una recuperación de la integración y la unidad supremas, capaz de enseñar lo que se ve, y de comunicar lo que no se ve, esto es, lo que evoca. Otra de las principales virtudes de esta mímesis es la capacidad de mostrar visualmente la maestría del artista. En referencia a esto, es innegable que en el realismo hay un placer estético que se produce al con- templar una representación que se ciñe perfectamente a la imagen que percibimos del objeto. Por banal que sea, su perfecta representación nos causa placer. Figuración, abstracción . Uno de los principales pro- blemas de la abstracción es que su interpretación es más dificultosa que la de una imagen realista. Esto sucede fundamentalmente cuando se carece del ba- gaje cultural necesario para entender este lenguaje y descifrar su codificación. Así, mientras podría suponer- se que una propuesta pictórica abstracta podría tener buena aceptación en una mirada desprovista de infor- mación previa, inocente y virgen, por lo que al arte res- pecta, sucede finalmente todo lo contrario, ya que al no ser capaz de descodificar el mensaje sólo consigue ver en la obra un conjunto de colores y formas carentes de sentido. El sujeto entonces se siente mucho más có- modo dentro del arte figurativo, al que puede vincularse y dirigirse mediante referentes de su vida cotidiana. Es por esto que, según Bordieu, para que todo el mun- do, independientemente de su estatus socio-cultural, tuviese acceso al lenguaje artístico, sería óptimo que las ya mencionadas necesidades culturales fuesen in- centivadas desde el seno familiar, despertando el gusto por todo lo que está relacionado con ellas. La competen- cia artística se puede definir, por tanto, como el conoci- miento previo de los principios de división propiamente artísticos, que permiten situar una representación me- diante la clasificación de los elementos estilísticos que engloba dentro de las modalidades de representación que constituyen el universo artístico. Los sujetos me- nos instruidos están, por tanto, condenados a entender las obras de arte en su pura materialidad fenoménica, a modo de simples objetos mundanos. Por eso buscan y exigen el realismo en la representación. Símbolos e iconos . La representación simbólica tie- ne la expectativa de que, al ver la imagen, el obser- vador piense en un significado concreto y pactado, lo cual sólo puede suceder si se comparte con el pintor el conocimiento de esos significados. La representación simbólica funciona sólo porque se está de acuerdo con El Taller del pintor es una declaración de independencia del artista moderno donde Courbet pinta su interpretación de la vida, incorporándose a sí mismo y rodeándose de personajes que suponen una representación alegórica de varias influencias en la vida artística del autor a la vez que cada uno representa una idea. La obra muestra al artista en su taller, trabajando en un cuadro de temática paisajística; junto a él, a la derecha una mujer desnuda que se cubre con un paño es identificada como alegoría de la verdad, y es un símbolo de la sociedad artística de la academia. A la izquierda contemplamos a un niño de espaldas, la representación de la inocencia. El grupo de figuras que se sitúa en la zona de la derecha son “los amigos, los trabajadores, los aficionados del mundo del arte”, y el de la izquierda es el “otro mundo de la vida trivial, el pueblo, la miseria, la po-
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