LLEI D'ART 5

54 En la siguiente imagen vemos una obra pictórica del artista Marc Chagall nom- brada “La aldea y yo”. Al buscar imágenes acerca la palabra simbolismo surgió el nombre de este pintor, y al leer algo de información acerca del mismo se concluyó que podía servir para la galería de imágenes puesto que su estilo se acerca a la temática a tratar. Marc Chagall, de religión judía, tuvo que exiliarse con su familia y dejar París al estallar la Segunda Guerra Mundial. Algunas de sus obras muestran características propias de las corrientes vanguardistas que surgieron a raíz de la guerra. Sin embargo, a pesar de que su estilo también ha pasado por el fauvismo y otros, siempre ha sido difícil de clasificar. Se dice que es surrealista, por la capacidad de plasmar la ensoñación en sus cuadros y también que tiene rasgos expresionistas por su uso del color. Marc Chagall utiliza en sus obras una gran simbología propia, fruto de sus vivencias pasadas. Como diría el propio Chagall, su obra muestra cómo el contexto social influencia los trabajos del artista, ya que todas sus obras son un retroceder en el pasado, la plasmación de unos recuerdos a partir de imágenes. En esta obra, el autor representa el día a día de la vida familiar en una aldea judía. Muestra también que el arte es algo tan objetivo como subjetivo, en tanto que está influenciado por el contexto social pero a la vez permite transmitir las propias ideas de modo ensoñado, imaginativo. Así, su obra permite apoyar la importancia de la simbología en el arte y la idea de que el contexto influencia al artista, dos cuestiones principales de nuestra línea de trabajo. Marc Chagall. “Yo y la aldea” (1911). Museum of Modern Art (Nueva York, EUA). Inv.: 146.1945 LLEI D’ART que una cosa puede ser sustituida por otra determina- da. En el pasado, los symbola griegos eran las mita- des de una ficha rota que encajaban entre sí. Por ex- tensión, un símbolo podría ser algo que sólo guardara semejanza con cierta parte de un original, tomándolo por el todo. Pero en su uso religioso, los símbolos se convirtieron en señales visibles de cosas invisibles, e indivisibles, como el Espíritu Santo, representado con una paloma. Pero al comparar lo simbólico con la representación pictórica pueden producirse confusiones. Como se ha apuntado, para que un símbolo pueda representar algo, es necesario un acuerdo entre el espectador y el artista, y es la sociedad quien se encarga de ello. En to- das las sociedades se pueden encontrar elementos co- tidianos que, por su semejanza física, podrían tener un significado objetivo, pero que, por el contrario, simbo- lizan cosas muy distintas, a menudo abstractas. Algu- nos ejemplos podrían ser las mariposas, escarabajos y cigarras, símbolos de muerte en muchas culturas, así como los búhos o las tortugas, considerados símbolos de sabiduría por muchas otras. Si un individuo pertenece a esa sociedad concreta, en la que ha crecido y se ha desarrollado, será capaz de entender los símbolos propios de esa sociedad, pues se ha impregnado de ellos desde su infancia. Una per- sona occidental, entenderá el color blanco como sím- bolo de pureza, y el negro como símbolo de luto, mien- tras que para un asiático el color del luto será el blanco. Del mismo modo, un dragón en occidente simboliza frecuentemente al demonio, mientras que uno oriental puede simbolizar la sabiduría o la realeza. A diferencia de la representación figurativa, los símbolos parecen más débiles en la medida en que requieren ciertos co- nocimientos compartidos para entenderlos, pero por otro lado, parecen también más poderosos, en la medi- da en que los permiten comunicar abstracciones. Para Goodman, la representación es un modo de sim- bolización, y los sentimientos o las cualidades expresi- vas se predican desde la obra artística, que es percibi- da por el observador, no directamente, sino por medio de etiquetas, que son signos (plásticos, gráficos, fóni- cos, etc.) que quedan vinculados a ciertas cualidades. Toda expresión es representación, pero no al revés. Por ejemplo, un cuadro gris, puede representar la tris- teza. En el retrato, se puede dar que el sujeto represen- tado sea símbolo de esto o aquello, de manera que su imagen sirva para reforzar ese lenguaje del horizonte social, propio de una sensibilidad colectiva o de la épo- ca (Che Guevara). Un símbolo representa e incluso puede acabar sus- tituyendo a su referente. Aquello que se trata en di- chos símbolos es producto de una convención, de un acuerdo común y previo, que no existe en ellos más que porque el sujeto les ha atribuido ese significado. Cuentan con el potencial de despertar en el ser huma- no reacciones mediadas por su aceptación. Así pues, el ser humano no vive sólo en un universo puramente físico, sino en un universo también simbólico. El len- guaje, el mito, el arte y la religión, constituyen partes de este universo, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica. Debemos tener en cuenta que la re- presentación es siempre simbólica, porque en ella se trasluce la formación simbólica del artista, es decir, que breza, la riqueza, los explotados, las gentes que viven de la muerte”. Ante estos dos mundos contrastados, el pintor se coloca en el medio, quizá en su intención de no olvidar nada de la sociedad que le rodea, quizá como un modelo para esa sociedad, al trabajar con total libertad mostrando su voluntad de no acallar nada de lo que ve o le ocurre mientras pinta. El tema de la creación artística no es inusual, pero Courbet lo renueva colocándose en el centro, como protagonista principal. Reivindica así su estatus de artista. Gustave Courbet. El taller del pintor, alegoría real que determina una fase de siete años de mi vida artística y moral (1854-1855). Museo de Orsay (París, Francia). Inv.: RF 2257

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