LLEI D'ART 5

Elogio de la tertulia Sobre el placer de departir 70 La tertulia, cuyo término parece proceder de Tertuliano, académico del siglo II y, según reseñas, pasional ar- gumentador y defensor de sus teorías sobre teología, ha venido siendo, desde el siglo XV, y muy especial- mente a partir del XVII, excelente caldo de cultivo para la gestación de revoluciones intelectuales, sociales y políticas. Aunque en España parece ser que comenza- ron a desarrollarse durante el llamado Siglo de Oro, hay quien afirma que su origen pudiera estar localizado en las reuniones que los críticos teatrales mantenían en los llamados corrales de comedias, al finalizar una obra. El clero, por su parte, también adoptó la cita erudita como adorno de sus sermones. En Francia, las damas de alta alcurnia, frecuentemente no más letradas que sus lacayos y doncellas, convo- caban a los intelectuales en sus famosos salones para gozar con la sal de su ingenio y provocar el galanteo de los caballeros ante tamaño despliegue de perifollo y ornato. Como forma de reunión ociosa y relajada donde departir sobre filosofía, chismes, sucesos o intrigas, las tertulias, entendidas como conversaciones cultas, cele- bradas con cierta cotidianidad, eran mantenidas entre personajes de posicionamiento social y económico pa- rejo, y estaban vedadas al pueblo llano (Todo para el pueblo, pero sin el pueblo). El siglo XIX vivió el auge de los cafés –donde los más liberales toman las riendas de intensos debates junto a mesas con sobres de mármol blanco y constante trasie- go de contertulios–, muchos de los cuales convirtieron el lugar en su más consagrada guarida. A finales del siglo e inicios del XX, los cafés de Madrid se habían convertido en el territorio de los más vanguardistas y bohemios intelectuales del país, la mayoría de los cua- les nunca llegaron a salir del anonimato. Conversar, ¿un arte perdido? Análisis de Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Con- temporánea en la UB. Publicado en La VANGUARDIA, domingo 3 de mayo 2010. Intercambiar ideas y opiniones es fuente de enriqueci- miento, baluarte a la fuerza y la brutalidad. Necesitamos conversar -algo no fácil hoy en día- para no perder ese eslabón precioso entre recuerdo y utopía, para cono- cernos y conocer a los demás. Conversar -no discutir, polemizar o debatir- nos hace afines y cómplices en una igualdad para descubrir nuevos panoramas. “Causerie” (detalle), J. Sala (1901).

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