LLEI D'ART 5
71 Hacia una conversación silenciosa. Declarar que en el mundo actual se ha abandonado el gusto por la con- versación, o que el arte de la conversación es algo que muy pocos hoy en día se encuentran en condiciones de practicar, no pasa de ser una constatación de mínimos, fronteriza con lo obvio. Parece claro que la conversa- ción se perdió por el desagüe de la historia, junto con todo un modo de vida. No fue poco, habría que añadir a continuación, lo que dicha pérdida significó. Bajo diferentes formatos, las tertulias, en tanto que es- pacios para la conversación, han sido una constante de la cultura occidental, desde el ágora ateniense o las termas romanas hasta los grandes cafés de las ciuda- des europeas y latinoamericanas de finales del XIX y buena parte del XX. Obviamente, no todos los formatos poseen los mismos rasgos, pero no da la impresión de que resulte muy aventurado sostener que el que todos ellos comparten es un cierto carácter igualitario y, en esa misma medida, democrático. La conversación brota del encuentro del gusto por la inteligencia y por la palabra. No es propiamente diálo- go (en ella pueden participar más de dos personas), ni mera charla (en la que el pasar el rato o las simples ganas de hablar priman por encima de la ideas ) o dis- puta (en la que el interés por la derrota simbólica del o de los interlocutores prevalece sobre cualquier otra consideración estética o de conocimiento). La conver- sación se define tanto por las reglas o normas que rigen su funcionamiento como por el espíritu que la anima. A las primeras se ha referido Paul Grice proponiendo que el intercambio conversacional se ajuste a un principio, el de cooperación, el cual, a su vez, resulta susceptible de desglosarse en cuatro máximas que instan a cosas tales como ser máximamente informativo, no mentir, ir al grano o procurar ser claro. Tanto el principio como las máximas tienen un carácter formal y delimitan el terreno en el que se debe desenvolver la conversación para ser considerada como tal. Pero estos requisitos, relacionados con la inteligencia, resultan tan necesarios como insuficientes. La conver- sación requiere, además, destrezas relacionadas con el manejo del lenguaje, siendo muy probablemente la suma del déficit en ambas esferas lo que explique en buena medida el actual declive del conversar. Esta misma idea se podría formular afirmando que parecen haberse desvanecido las condiciones subjetivas de posibilidad sobre las que se sustentaba el arte de la conversación. O más sencillo: hoy un joven tiene muy difícil atribuir un contenido concreto identificable a la expresión “ser un buen conversador”, sin que quepa censurarle por ello: a fin de cuentas, no encuentra a su alrededor modelos que la encarnen. Ahora bien, no son sólo las condiciones subjetivas las que parecen haberse desvanecido. Tampoco las ob- jetivas puede decirse que acompañen demasiado. No vivimos, ciertamente, de maneras que propicien el en- cuentro distendido entre personas con el único objetivo de alimentar la inteligencia y disfrutar con la palabra. A partir de esta constatación podríamos deslizarnos hacia una consideración, más o menos nostálgica, acerca de los -buenos tiempos perdidos- en materia de conver- sación o plantearnos la conveniencia de reconsiderar nuestro modelo. Porque tal vez nos hayamos complacido demasiado en esa imagen cortés, amable y fluida del conversar, en la que el chisporroteo de la inteligencia surgía, permanen- temente, de la armoniosa articulación entre las palabras de unos interlocutores tan brillantes como agudos, en un trenzado sin fin. A alguien le podrá sonar entre raro y provocador (lo que no se pretende en absoluto), pero no habría que descartar la hipótesis de que un modelo tal -en lo que tiene de acríticamente confiado en el valor de la palabra- esté en el origen de esa forma patológi- ca, abandonada al ruido y la furia, que son las tertulias vocingleras que en nuestros días suelen tener lugar en los medios de comunicación. Habría que hacerle un hueco en esa nueva considera- ción del conversar de la que andamos tan necesitados a la idea misma de silencio. No entendido, claro está, como renuncia a la palabra, sino precisamente como su más sutil destilado. O, por decirlo a la manera en que lo hace Rosaura en La vida es sueño : “Respóndate retó- rico el silencio; /cuando tan torpe la razón halla, / mejor habla, señor, quien mejor calla”. Ese silencio -cargado de palabra- nada tiene que ver con el silencio bobo del ignorante (que sólo vale para otorgar). Aquel es un silencio rico a través del que comprendemos, asenti- mos, reprobamos o expresamos la más intensa de las emociones. Parafraseando el célebre dictum de Austin, acaso la lección que tengamos pendiente en nuestro tiempo sea la de aprender a hacer cosas con silencios. “Causerie” (detalle), J. Sala (1901).
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