LLEI D'ART 5

81 Pero me apetece reflexionar sobre el derecho que todos tenemos o deberíamos tener a recordar y a espe- rar ser recordados, sin artificios, prejuicios o reservas. Cultivar la memoria al sol y a la sombra para construir o reconstruir una identidad social sobre sus cimientos, parece lícito. El reconocimiento de la verdad fundamen- ta el propósito de enmienda, pero para reciclarnos en nuestro propósito, para que los restos y las sombras del pasado nos sirvan como argamasa en el levan- tamiento de nuevos y más fuertes pilares, es preciso custodiarlos, o rescatarlos. Y lejos de toda connotación política o reivindicativa, porque nada hay más opuesto a mi intención, creo conveniente conservar los vesti- gios de un pasado gracias a cuya existencia pisamos hoy fuerte y anhelamos alcanzar niveles superiores de entendimiento y espiritualidad. Escenarios de barbarie y atrocidad son actualmente patrimonio de la humani- dad y templos para el recuerdo, nunca para el olvido. Las viejas y desgastadas fotografías en blanco y negro amarillean dignamente en el fondo de una caja como testimonio de algo que fue real y que ahora ya no existe. El sonido de un disco de vinilo nos transporta, cual caja mágica, a otras épocas que nos vieron reír y llorar, vivir y soñar, como cuando regresas a aquella ciudad donde te criaste o recorres el viejo caserón de tus abuelos, que tan grande te parecía, donde más de una ocasión reci- biste un par de azotes e hiciste más de una travesura. Nada de ello estamos dispuestos a olvidar, porque todo forma parte de lo que ahora somos, de lo que seremos o incluso de lo que podríamos llegar a ser. Sin memo- ria del origen, no hay destino, porque recordar es vivir y también porque casi de todo podríamos llegar a ser despojados excepto de unas cuantas cosas intangibles, entre las que se encuentra la divina memoria humana, esa que puede hacernos perfeccionar los mecanismos y los procederes, las actitudes y los actos. Recordar no es volver a vivir, es vivir sin olvidar. Quie- nes vivieron la guerra, recuerdan que la paz es buena. Los jóvenes escuchan las historias que les cuentan sus abuelos porque no tienen aún edad para recordar y sólo evocando el pasado se condiciona el futuro, evitando horrores y siguiendo pautas. Hay que perder para ga- nar, aunque se haya perdido sólo en el recuerdo. Pue- de que sea cierto que la memoria colectiva está mu- cho más domesticada y es por consiguiente más dócil y menos virulenta que la individual. Y porque casi todo está dicho ya, muchos caminarán por donde otros ya pasaron, pero sin tropezar en las mismas piedras, a sa- biendas que sobre ellos pesan los logros y los fracasos de toda una humanidad. Las historias cambian en virtud del lugar, del entorno, del contexto, de la perspectiva. En definitiva, del momento de vida o de muerte, y olvidar, no deja de ser una forma poco noble de dejarse morir de manera fragmentada y paulatina, inconsciente o conscientemente, resignando la dignidad a vivir con las sobras de los manipuladores de cerebros, fortaleciendo la resistencia a la identidad. Y tampoco es preciso incluir en el reparto los detalles escabrosos que aguijonean el corazón. Quizá sólo se trate de desvelar la esencia y presentarla desnuda, bajo su forma más pura. Libre de todo ornato gratuito, para tener un argumento válido sobre el que poder seguir escribiendo nuestra historia. Proteger la memoria individual del azote de una memo- ria colectiva adulterada es fundamental, y una cuestión de derecho. Propongo crear el santuario de la memoria, el lugar de los recuerdos, porque, como decía Buñuel, “nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra ra- zón, nuestra acción y nuestro sentimiento y la erosión y deterioro cognitivo van irremediablemente asociados a la muerte individual, al gran apagón.” Foto: Carles Balsells.

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