LLEI D'ART 5

82 Recortes Arte, mercado y poder (y III) [Texto: Joan - Pere Viladecans, pintor (Barcelona-1948). La Vanguardia, suplemento las culturas. Miércoles, 13 octubre 2010. Pag. 19] ¿ Y el público? En un anterior comentario nos preguntábamos por el público. El público para el mercado cuenta poco, o nada, sencillamente porque no es un cliente ni tan sólo potencial. El negocio del arte actual tiene su propia lógica interna, con una clientela o bien institucional o bien con un entramado económico de alto nivel que se retroalimenta y que poco o nada tiene que ver con el goce y disfrute de una obra de arte. El mercado actual es de una índole que más tiene que ver con las grandes finanzas o con el marketing de las grandes marcas multinacionales que con la propia creación artística. En cambio, el público sí que cuenta para el poder político, que organiza o patrocina grandes eventos artísticos; que acoge o produce macroexposiciones. Al poder político, parece que le sea más urgente construir los aparatos representativos de la retórica de una gran cultura que fomentar la creación básica de esta misma cultura, sus valores emergentes y sus alternativas. Es este poder político que cuenta como éxito el número de visitantes -de público-, lo esgrime y publicita como una prueba de su buen hacer, de lo bien empleados que están los impuestos y de las señales culturales del gobierno de turno. Firma invitada: El público, ignorado o utilizado por el mercado y la política, es básico para el artista, que avanza cuando su obra cobra vida entre la gente. Las circunstancias actuales hacen que todavía se haya disfrazado aún más la cuestión política de la cuestión cultural. Se hace difícil discernir quién se aprovecha de quién. Qué es propaganda y frivolidad, y qué es una gestión cultural a medio o a largo plazo. A la ciudadanía que antes visitaba las galerías privadas, donde periódicamente se encontraba con valores nuevos o consolidados y que así se iba formando un criterio y un interés por el arte que no le habían fomentado en la escuela; hoy a este público se le ofrecen unas opciones institucionales que se presentan como indudables, rotundas, definitivas, ¿Definitivas? Al lado de las cuales toda iniciativa privada queda, lógicamente, en un orden subalterno. Y luego está la proyección internacional, viciada y endogámica, con siempre: "más de lo mismo". Las políticas culturales de los gobiernos no acostumbran a arriesgar, no vaya a se que den un paso en falso. Y también se da el caso de artistas y sus agit prop que aprovechan el poder político/cultural para su propio beneficio. Pero para el artista el público sí es fundamental. " Ce sont les regardeurs qui font le tableau " (Duchamp). En todo el arte moderno, contemporáneo o de vanguardia, probablemente encontraríamos a muy pocos autores que no hicieran suya esta frase. En realidad, cuando una artista trabaja, inconscientemente cuenta con la mirada del espectador, con su complicidad, con el diálogo que se establece entre la obra contemplada y su público. En el fondo ningún artista consciente trabaja para sí mismo; lo que ocurre es que a veces el mercado hace que una determinada obra pase del taller a la mansión; con la consiguiente, se supone, frustración del autor. A pesar de su brillantez el "Vivo en el terror de dejar de ser incompredido" (Wilde) no deja de ser una terrible y cínica inexactitud. El artista avanza y se complementa cuando sabe que su obra cobra vida entre la gente, ya sea si llega a los mass media o a un círculo determinado de devotos. Un cerebro para el arte [Texto: Cristina Sáez. Sumplemento La Vanguardia. Sábado, 16 octubre 2010. Págs. 10-13] Hace 70.000 años apareció en África la primera muestra de arte. Desde entonces no hemos dejado de dibujar, de componer, de escribir, de bailar. Ahora la ciencia ha descubierto que, posiblemente, se trate de una herramienta que desarrolló nuestro cerebro para sobrevivir. E n 1874, una treintena de jóvenes pintores, escultores y grabadores realizaron una exposición en el estudio del fotógrafo Félix Nadar, en el Boulevard des Capucines, en París. Sus trabajos mostraban una nueva forma de entender el arte. Se acercaban a la naturaleza y trataban de huir del academicismo clásico y de los salones oficiales. Entre ellos estaban Renoir, Sisley, Degas, Pizarro y Monet, que mostraba su Impresión , sol naciente , un retrato del puerto de La Haya para el que usó muy pocas pinceladas y que provocó las críticas más feroces. Paradójicamente, aquel cuadro de Monet que abrió la exposición, tan menospreciado en la época, fue robado del Museo Marmottan-Monet, en París, en 1985. Aunque afortunadamente, cinco años después se recuperó y en 1991 volvía a estar expuesto. No es la única pieza sustraída. La historia del arte está llena de robos por amor al arte, y algunos, por desgracia, no se han recuperado, como El arte de la pintura , de Vermeer. Y eso no es todo. El arte nos emociona, nos hace llorar, sentir bien, reír, pensar. Nos empuja a recorrer kilómetros para ver una exposición, a hacer horas de cola para asistir a un concierto, a pasarnos

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