LLEI D'ART 5
86 "El arte actual es un sector de la industria del lujo" [Texto: Justo Barranco, (Barcelona). La Vanguardia. Domingo, 17 octubre 2010. Pág. 46] M arc Fumaroli (Marsella, 1932) no se anda con medias tintas. Y dispara con cañón de calibre grueso. El arte contemporáneo que inunda museos y escaparates le parece, en la mayoría de los casos, vulgar. Un mero apéndice de la industria del lujo. En su opinión, el gran arte ha dado paso a algo que, básicamente, es publicidad y entretenimiento. No sólo eso: en ese tránsito, Europa ha perdido su alma. Un cambio que ha afectado a EE.UU. mucho menos porque no tiene el pasado que atesora y arrastra el viejo continente. Y es que el autor del ya clásico ensayo El Estado cultural -con el que en 1991 denunciaba los nefastos efectos de la política cultural, y muy en concreto de la francesa, capaz de arrogarse el papel de guía y árbitro del gusto continúa igual de provocador y ahora ha puesto su mirada de flâneur sobre el mundo del arte contemporáneo en París-Nueva York-París (Acantilado), un ensayo en el que pasea por la historia, la religión y la geografía de las últimas capitales del arte para cargar contra la deriva experimentada desde el pop art de Andy Warhol. 'Otium' y negocio . “El tema principal del libro es la oposición entre lo que se llamaba en latín otium , que no es no hacer nada, el far niente , sino una actitud distanciada con respecto al negocio, la presión de la vida urbana y moderna. Tener tiempo para ver, escuchar, sentir, descubrir, sorprenderse... y no sólo ante las cosas y seres, sino también ante ese mundo sagrado que nos ofrece el artista”, cuenta Fumaroli, que explica que ha elegido Nueva York "porque es una ciudad muy dinámica, como se dice hoy. Las personas viven de una forma precipitada sus vidas y la persecución del éxito, personal o en los negocios, es opresiva. En ella hay magníficos museos de arte antiguo, como el Metropolitan o la Frick Collection. Y a la vez, el MoMA, que fue el gran intérprete del movimiento moderno, ahora está desconectado frente a la invasión del arte contemporáneo. Entras en él y encuentras vernissages de grandes bancos que organizan exposiciones de los animales marinos en formol de Damien Hirst y todo tipo de cosas raras en la pared. Algo festivo, efímero. No sé si existía una obra en alguna parte... son instalaciones, objetos que desaparecen rápidamente”. Una pirámide de Ponzi. “¿Cómo puede haber dos mundos que se reclaman del arte y tener tan poca relación?”, se interroga Fumaroli. “Uno, relacionado con la mano, los sentidos. El otro, con la industria, el comercio, la banca, pero no con nuestro apetito, placer y felicidad. Así que intento comprender qué pasó entre el movimiento moderno, último capítulo de la historia del arte, y el surgimiento de algo nuevo que se le llama arte, pero es el abismo. Los apologistas de ese arte utilizan una ambigüedad. Dicen que incluye a Kandinski, Picasso, Balthus, grandes artistas que no tienen nada que común en el arte, la exigencia de una obra, y hemos entrado en un mundo en el que el arte no supone una obra, sino solo un concepto, una cosa efímera que durará un tiempo breve y que, momentáneamente excita un poco a los periodistas. Esta es la gran ruptura. No hay derecho a utilizar la palabra arte para lo que se llama el arte contemporáneo, no lo llamemos así; habrá que inventar otra palabra, tal vez entertainment para millonarios. P. Pero hay artistas que aún hacen arte... R. Sí, pero no tienen el favor de los medios de comunicación, ni de los museos. En España hay gente interesante, hay pintores notables. Si vuelve la pintura y la escultura, lo que sucederá, España estará en primera fila. Sartre dijo una vez: "hay gente retrasada que está por delante". P. ¿No será usted sartriano? R. No, pero sucede que Sartre, de vez en cuando, dijo algunas verdades. Sartre es un fenómeno de la posguerra, un profesor que nunca debió ocupar el lugar que tuvo, pero la guerra y el hecho de que una buena parte de la intelligentsia francesa fuera colaboracionista le convirtió en una especie de vedette que nunca debió ser. Y él se volvió loco, a fuerza de creerse vedette. Personalmente -y no soy el único-, nunca consideré que Sartre fuera un maître à penser. P. Tampoco parece tener usted muchas simpatías por el Mayo del 68. R. El único aspecto simpático de la gente de Mayo del 68 es que se reían del general De Gaulle y del gaullismo, que en el fondo era un régimen estrecho, mezquino. Por lo demás no hicieron más que abrir la puerta a la mercantilización general del universo. Todos se han convertido en capitalistas y en controladores del sistema mediático. Los sesentayochistas son quienes ahora tienen el poder. Desde el primer momento me di cuenta de que no eran más que hedonistas que se iban a lanzar a la sociedad de consumo. P. Pero hubo varios 68... R. Sí, en Estados Unidos era mucho más interesante, porque era un movimiento anticapitalista, un movimiento un poco ingenuo pero antiutilitarista, se trataba de reencontrar la felicidad, la voluptuosidad, la naturaleza... Estaba Bob Dylan, Allen Ginsberg, era un movimiento de salida del universo material, fordista, había algo noble en ello. En Francia era totalmente glacial, la gente que estaba vendida de antemano, gente como Cohn Bendit... insoportable. Ahora se les ve gordos, viejos. P. ¿Es usted un optimista o un melancólico? R. Es necesario un optimismo que sea capaz de absorber el pesimismo, no de esconderlo o rechazarlo, sino de devorarlo, de quemarlo. En la medicina antigua había la idea de que los melancólicos podían ser locos o genios. Los unos quemaban su melancolía y se convertían en genios iluminados por el incendio, y los otros se volvían locos porque la melancolía es pesada y aplasta, es como el petróleo. Es profundamente verdadera esta idea. Ahora estamos en la fase del petróleo y estamos ahogados por el petróleo. La literatura, cuando vuelva, será la literatura de lo grotesco, porque hacer reír ya es curar. Hacen falta dos o tres Rabelais.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NzgyNzA=