LLEI D'ART 5

LLEI D’ART 90 tilística de las figuras, permiten apuntar la existencia de dos momentos de grabación. Una primera fase arcaica en correspondencia con las figuras exteriores de eje- cución mediante abrasión y cuya cronología se puede remontar hace al menos 18.000 años. Y un segundo momento, al que correspondería la mayor parte de las figuras interiores, cuya cronología magdaleniense debe estar próxima a unos 13.000 años a.C. Aún más al oeste, localizamos la cueva del Moro Chu- fín, en el valle del río Nansa. A pesar de que el entorno está modificado por la construcción del embalse de La Palombera, su situación en una zona de acantilado, la densa vegetación arbórea y la presencia constante de agua hacen que la visita se convierta en un continuo disfrute. Aunque depende de la época del año, se suele acceder a la entrada de la cavidad en barca. Desde la boca de la cueva hubo de tenerse una percepción pri- vilegiada del valle, lo que la convierte en un excelente cazadero. Además, en este espacio los moradores pre- históricos grabaron figuras sobre la roca. Numerosas ciervas, un bisonte, algún posible pez y diversos sig- nos realizados, todos ellos, en surco ancho y profundo, consecuencia de la técnica de abrasión, aparecen con- centrados principalmente en un panel, bajo el cual una pequeña abertura da acceso al interior de la cavidad. Tras recorrer un espacio de techo bajo, se accede a una amplia sala en cuya parte final se encuentra un lago artificial, consecuencia del embalse. A pesar de ello, la cavidad continúa. Es en esa sala donde se localizan, a uno y otro lado, las representaciones artísticas más llamativas. Por su intenso color rojo destacan las com- posiciones realizadas a base de puntuaciones, algunas de las cuales han sido interpretadas como representa- ciones genitales. En ese mismo color se pueden ob- servar caballos, un uro, diversas puntuaciones a veces organizadas en series, una figura femenina y un ciervo. La realización de las figuras parece responder a más de una fase temporal. Los grabados del vestíbulo, y al- gunos de la parte interior, así como las figuras rojas, parece viable datarlos en un momento previo al Magda- leniense, hace más de 16.000 a.C, si bien no es posible determinar el grado de sincronía o diacronía entre todas ellas. Por el contrario, el resto de grabados interiores, por lo general de surco más fino y con detalles anató- micos, se asignan a un momento posterior, en torno al 11.500 a.C. La cueva de Covalanas, última de las grutas ricas en arte rupestre que aún pueden ser visitadas, se encuen- tra en la ladera noreste del monte Pando. Fue descu- bierta en 1903 y es una cueva de reducidas dimensio- nes que presenta dos galerías que comparten una zona de abrigo exterior aparentemente no utilizado como espacio de hábitat. Una de sus galerías, la de la de- recha, alberga las manifestaciones gráficas parietales. Tras dos pequeñas series de puntos aparecen, hacia los 65 m de la entrada, las primeras formas animales. Avanzando a partir de este punto, las figuras rojas se suceden a mano derecha e izquierda por la galería prin- cipal y dentro de un pequeño divertículo. Un total de dieciocho ciervas, un ciervo, un caballo, un uro, una po- sible figura de tipo híbrido y tres signos rectangulares, además de pequeños puntos y líneas, se disponen en frisos. A partir de los 90 m, y ya en espacios de reducidas di- mensiones, el número de figuras se reduce drástica- mente, tan sólo una figura animal completa y, en cam- bio, numerosos pequeños puntos y líneas. Caracteriza a las figuras el trazado mediante contorno punteado realizado con los dedos. Esta modalidad técnica es muy característica de algunas cuevas que se localizan entre la cuenca del río Nervión (Vizcaya) y el río Sella (Astu- rias), registrándose la mayor concentración en torno a la cuenca del río Asón, si bien destacan conjuntos como el de El Pendo. Esta distribución evidencia la existencia de grupos humanos con fuertes vínculos gráficos, un ejemplo de redes y contactos sociales. Su cronología, difícil de fijar de manera absoluta, parece situarse en una fase antigua, hace unos 20.000 a.C. La frescura del color rojo, el tamaño grande de los mo- tivos, el trazado punteado del contorno animal y la con- centración de la mayor parte de las figuras en un área bien delimitada, envuelven al visitante en un entorno de misterio y acogimiento. Existen 35 cuevas más en Cantabria con arte rupestre que, actualmente, por dife- rentes motivos, no admiten visitas. Recientemente se ha celebrado el centenario de toda una secuencia de descubrimientos sucesivos de cuevas merced a las ex- ploraciones desarrolladas entre 1903 y 1908 por Alcal- de del Río y el padre Lorenzo Sierra, dos figuras claves dentro de la investigación arqueológica en Cantabria. Cueva del Castillo. Foto cortesía Gobierno de Cantabría.

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