LLEI D'ART 6
©Victor Rivas. la más próxima materialización de un producto artístico, motivo éste por el cual se conoce como arte aplicado. El propio Andy Warhol se vanagloriaba de ser ilustra- dor comercial y diseñador de escaparates y, de hecho, resulta difícil encontrar artistas cuyo trabajo no ilustre algo. Aunque fue en Francia, en 1833, cuando aparecie- ron los primeros periódicos ilustrados, a lo largo de los últimos 25 años del siglo XIX, fue la revista The Graphic la que con más tesón defendió la descripción gráfica de sus noticias, mandando a sus reporteros a la calle a dibujar todo cuanto acontecía en la ciudad y pudiera re- sultar de interés. Dicen que incluso el propio Van Gogh –ferviente admirador de muchos de los artistas que trabajaban para el semanario londinense– persiguió el proyecto de poder incorporarse al equipo. Curiosamen- te, la época de mayor esplendor de la ilustración gráfica con fines periodísticos, coincidió con la eclosión del im- presionismo, algo que ha llevado a algunos estudiosos a esbozar que, muy probablemente, esa transitoriedad e inmediatez propias de la ilustración, pudieran haber influenciado en los primeros impresionistas, crecidos en pleno auge ilustrativo. La ilustración se ubica en una posición intermedia en- tre arte y diseño, y aunque hay quien considera que, por muy excelente que sea su ejecución, el hecho de ser destinada a una reproducción desacredita su pres- tigio, sus posibilidades y alcance son ilimitados dentro del panorama de la comunicación visual. Sus salas de exposición son las calles y los quioscos, mientras que el arte, tradicionalmente considerado como tal, aguarda paciente a ser visitado en galerías y museos. En la actualidad, grandes ilustradores se sirven de su astucia y perspicacia, para alcanzar cotas de prestigio profesional similares a las de muchos artistas tradicio- nales. La ilustración embellece la publicación y le aporta un valor añadido. Compendian el mensaje que, de este modo, incrementa su onda expansiva. Y aunque mu- chas ilustraciones se limitan a ajustarse literalmente al texto, el potencial creativo de algunos ilustradores, y su capacidad para establecer graciosas complicidades con el texto o con su autor, les permite ofrecer nuevas inter- pretaciones –licencias a menudo de carácter sarcástico o irónico–, valiéndose exclusivamente de su instrumen- tal y posibilidades plásticas. En algunos casos, la ilus- tración puede llegar a fagocitar al texto, protagonizando el mensaje y desviando la intención del escritor, algo que podemos adivinar en muchos artículos de opinión donde el mensaje subliminal –y frecuentemente ocul- to ex profeso–, es sugerido o revelado hábilmente de la mano del ilustrador. El propio Gustave Flaubert se resistía a que sus escritos fueran ilustrados por algún ácido dibujante, convencido de que tales imágenes des- truirían su idea. Pero no todas las ilustraciones repre- sentan esa amenaza, porque lejos de entrar en compe- tencia, conforman un perfecto maridaje con la palabra escrita, combinándose y entremezclándose con cada frase y validando su mensaje, o incluso provocando la recreación –por parte del lector–, de nuevos y más ricos escenarios. La fuerza de la ilustración nunca ha quedado relegada por la fotografía, muy a pesar del alto nivel que esta últi- ma ha alcanzado en los últimos años. Su cálida compli- cidad con las más dispares situaciones, su imaginación e ingenio, junto con el inmenso abanico de opciones de las que valerse, es lo que asegura su permanencia, o incluso su creciente calado dentro del ámbito artístico, dado que la ilustración gráfica tiene la gracia de engar- zar información y comunicación visual.
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