LLEI D'ART 7

Las expresiones del arte Arte funerario 13 Cementerio de Comillas (Cantabria). Museos del recuerdo, santuarios de la añoranza por los seres perdidos, los cementerios albergan grandes obras maestras de arte funerario, posiblemente unas de las expresiones artísticas más agradecidas de cara al diseño de un recorrido por la arquitectura y escultura de tantas y tan diferentes épocas y estilos. Ya en la cultura egipcia, la momificación y la represen- tación artística a través de una escultura o una máscara formaban parte de un ritual destinado a asegurar la in- mortalidad del fallecido. En la Prehistoria, era habitual depositar restos de los fallecidos en repositorios espe- cialmente adecuados para tal fin. Junto a tales receptá- culos o tumbas, se disponía un ajuar cuya finalidad era la de acompañar al fallecido en su tránsito al más allá, reconocer sus méritos o jerarquía, o bien agasajar a los ancestros con los que supuestamente el difunto iría a reunirse. Este depósito de objetos ya pudo verificar- se en el hombre de Neandertal y, desde entonces, ha acompañado la historia del ritual funerario de la práctica totalidad de las culturas que lo sucedieron. Muchos de los grandes patrimonios artísticos más apre- ciados de nuestra humanidad –desde el tesoro de Tu- tankamón, cuya máscara funeraria aún sigue siendo uno de los símbolos más populares del Antiguo Egipto, a los guerreros de Xian, que custodiaban el mausoleo del emperador Qin Shi Huangdi, pasan- do por el monumental mausoleo de Ha- licarnaso, realizado en mármol blanco y considerado una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo; el barco funerario Sutton Hoo y el romántico Taj Mahal –de- clarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco y una de las Siete Maravillas del Mundo Modernos–, son diversas re- presentaciones de arte funerario. Y aun- que en la mayoría de los casos se encar- gaban piezas especialmente diseñadas para la élite, entre el pueblo también era frecuente el agasajo a los fallecidos mediante la introducción en la tumba de todo tipo de objetos personales, aunque el destino de tal ajuar no era precisamen- te el de ser posteriormente contemplado por el visitante, ya que su fin era el de yacer junto a los restos y acompañarlos en su viaje. El arte funerario, sin embargo, buscaba expresamen- te una visibilidad y se expresaba bajo muy variopintas formas, desde sarcófagos esculpidos a monumentales tumbas, de entre las cuales el mausoleo representa una de sus más espectaculares versiones. Tanto las estelas –ancestrales lápidas–, en sus diferentes variantes: los moais de la Isla de Pascua; los impresionantes dólme- nes –grandes megalitos construidos para transmitir la memoria colectiva–; los cenotafios (tipo de tumba con- memorativa pero vacía); las catacumbas (cementerios subterráneos) o las necrópolis (cementerios no subte- rráneos), eran elementos constructivos recurrentes en las sociedades del Neolítico y la Edad del Bronce. Las piedras empleadas podían ser talladas siguiendo dife- rentes patrones y era frecuente ubicar los huesos en urnas de cerámica más o menos elaboradas. Los men- hires, grandes piedras alargadas, alzadas y dispuestas en torno a las tumbas, eran imponentes y austeros ce- ladores de restos mortales. Podían aparecer tallados o incluso llegar a representar formas antropomórficas en sus variantes más evolucionadas. El arte funerario se encuentra profundamente relacio- nado con la religión, ya que su sentido radica en la creencia de que la muerte no es el final, sino el ini-

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