LLEI D'ART 7

LLEI D’ART 14 difuntos alcanzaban un nuevo reino y las deidades que los moraban. Algunas de las actuales necrópolis son anualmente visitadas por miles de turistas y curiosos que siguen itinerarios guiados por los camposantos a través de laberínticas y sobrecogedoras avenidas que a modo de espectaculares galerías de arte muestran el paso del tiempo a través de representaciones escultóri- cas solemnes, enigmáticas o conmovedoras que dejan constancia de existencias ya pasadas que ambicionan una cierta inmortalidad y vida ultraterrenal, alimentadas por la constante evocación y el recuerdo. El famoso cementerio londinense de Highgate, por ejemplo, es una joya representativa de la arquitectura funeraria victoriana. Soberbios panteones invadidos por la hiedra, monumentales ángeles de piedra y lápidas tapizadas por el musgo se extienden tras una verja de hierro que da acceso a su zona Oeste, y bajo una selva de helechos y árboles centenarios que cubren a modo de bóveda el escenario, reina el silencio y la belleza de una de las estatuarias más impactantes del romanticis- mo europeo. Aunque a principios del siglo XIX son más frecuentes las escenas de llanto y lamento, a mediados de siglo comenzaron a proliferar representaciones más centradas en el concepto de separación que implicaba la muerte. Pero no fue hasta finales del XIX y primeras tres décadas del XX cuando la estatuaria funeraria ex- perimentó su mayor esplendor. En España, algunos de los máximos exponentes del arte funerario son Josep Llimona i Bruguera, Enric Sagnier i Villavecchia o Josep Fontseré. “El petó de la mort” es uno de los monumentos escultóricos del cementerio del Este (Poblenou) más espectaculares. Se yergue sobre la tumba del industrial algodonero Josep Llaudet y se atribuye su realización a Jaume Barba o a Joan Fontbernat, ya que existen discrepancias en cuanto a su autoría. “Ángel Dormido”. Highgate Cemetery. cio de una nueva fase, de un renacimiento. Los ushebtis eran pequeñas estatuillas cuya función era la de ayudar al fallecido en las labores que tuviera que realizar en el más allá, y por ello se colocaban sobre todo tipo de tumbas, ya se tratase de gente humilde o rica, ya que el lujo en su con- fección era acorde al porte del difunto: desde sencillas figuritas de madera o barro, a ricos grabados policromados. Los más afortunados podían permitirse la creación de monumentos en piedra que hasta el período helenístico (323 a.C.) no llegaron a re- presentar –frecuentemente en forma de bajorrelieves– con cierto realismo a los propios difuntos. Además, las paredes de las cámaras funerarias podían estar deco- radas con frescos representativos de escenas propias de la mitología que representaban el modo en que los

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