LLEI D'ART 7
LLEI D’ART 22 nueva forma de interpretación de la realidad, turbadora e incluso descarnada. Su perfeccionismo le obligaba a pintar siempre con modelos, despreciando cualquier tipo de imagen que pudiera disfrazar la franqueza de la piel desnuda. Sagaz escudriñador de la realidad, buscaba en todo momento representar la realidad que deberíamos ver, por encima de la que vemos, la ver- dad por encima de la belleza, convencido de que la au- téntica belleza reside en la verdad, o como él mismo declaró en una ocasión: “ No quiero que mis cuadros se parezcan a las personas retratadas. No quiero que sean como ellas; quiero que las revelen. ” Es por ello por lo que usualmente pintaba y corregía buscando plasmar perspectivas imposibles, haciendo uso de grandes can- tidades de pintura y manejando con descaro el pincel en busca de la pura esencia de la materia humana, princi- pal leitmotiv de su discurso. De hecho, como el mismo pintor declaró en una oca- sión, buscaba que su pintura tuviera tanta elasticidad como la propia carne, algo que, unido a su total inde- pendencia de criterios, y contextualizado en la sociedad británica de aquellos sus primeros años, le valió la fama de incómodo, indómito e irreverente. Profundamente “Supervisora de ganancias durmiendo”,1995. volcado en el mundo de lo onírico, para él, sin embargo, el sueño en sí era algo irrelevante, puesto que lo real- mente importante era la superficie matérica que busca- ba representar obsesivamente, y con todo lujo de deta- lles, mediante sesiones interminables de posado de sus pacientes modelos, elegidos de entre sus familiares, conocidos y amigos. Ni edulcoraba ni maquillaba: se ceñía a la profunda significación de la condición mortal de todo lo vivo y, muy especialmente, del ser humano, la esencia de cuya alma ansiaba desnudar, en busca de retazos de oscura y celosa intimidad. Desde cualquier punto de vista, la obra de Freud, pro- ducto de un trabajo constante, lento y pausado, lejos de dejar indiferente, es revulsiva y penetrante. Paradójica- mente, no buscaba ni en lo más mínimo la exaltación del erotismo, algo obvio a tenor de las más que indeco- rosas posturas elegidas por el pintor para sus retratos, sino más bien la representación de una desamparada melancolía, de un desgarro emocional que inalterable- mente marcaba todas sus pinturas, sin librarse de tal descarne ni siquiera sus autorretratos, como el mismo Freud declaraba: “ No hay piedad ni para mí mismo ”.
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