LLEI D'ART 7

29 una playa de Fuerteventura y a punto de darla por aca- bada, ya tengo en mente la siguiente. Lo que quisiera es disponer de más tiempo, y mi trabajo exige muchas horas. La obra realista es una cruel delatadora de las torpezas y, muy concretamente, la figura humana, que requiere de mucha pureza y sinceridad en su ejecución. Muy pocos artistas han sabido reflejarla en su esplen- dor y con toda su gracia. Fidias, en tiempos de la Anti- gua Grecia, ya nos transmite una madurez y un talento excepcionales representando la figura humana con na- turalismo; esto es algo que aún sigue sorprendiendo si recordamos piezas escultóricas como el mismo Torso de Belvedere, en uno de los Museos del Vaticano, una visión tan adelantada para aquellas épocas,…” El albedo de las paredes y altos techos engrandece – si cabe– la estancia, creando deliciosos matices sobre los colores claros –predominantes–, del mobiliario y la ingente cantidad de libros, materiales de trabajo, botes, recuerdos y fotografías que graciosamente conquistan el lugar con acierto y holgura, en una suerte de aparen- te desorden. “ El espacio es importante –argumenta–, a unque no imprescindible. El sueño con las musas, por ejemplo, un cuadro de tres metros por dos y medio, lo hice en el salón de un pisito. Para pintar la parte de abajo tenía que hacerlo tendido en el suelo. Lo que sí es básico es la luz –sostiene esbozando una tímida sonri- sa. Hubo un momento decisivo –continúa– en que, de la noche a la mañana, dejé atrás aquella obra expresio- nista para entrar de lleno en un realismo más sencillo y humilde que después ha ido evolucionando hacia un mundo no pretendido, onírico y fantástico. Ocurre que todo viene sin uno pretenderlo. Surge de modo natural.” Afuera ladra el perro, pero Eduardo está muy pendien- te de nuestra conversación. Su rostro se ha relajado y sonríe distendido mientras recuerda como su padre – un sencillo labrador–, animado por las recomendacio- nes de su maestro Eduardo Acosta, demostró una gran valentía alentándole a seguir estudios de arte en una época en que, como el mismo pintor comenta, los ar- tistas eran considerados candidatos al hambre. Fue a su regreso de París, hacia los años 70, cuando deci- dió consagrarse al realismo, expresando tanto lo vis- to y vivido, como lo soñado y presentido. “No deseaba sentirme condicionado por nada. Creo que en mi obra se ve quién soy” –puntualiza–. Después reflexiona unos segundos y añade: “ Es lo que algunos historiadores in- teligentes llaman la obra inconfundible, que es la que aguanta el paso del tiempo.” Nos dice que hay ahora una cantera de artistas jóvenes figurativos muy talentosos, algo que no sucede en otras tendencias, que en el arte conceptual todos se parecen mucho unos a otros, pero que éstos, sin embargo, ha- cen una obra viva e individual, que no parte de un colec- tivo. La reiteración –dice–, no sirve para nada; significa que el artista que lo hace solo copia y se expresa para llamar la atención. No existe ese drama interior que, de una forma u otra, nos hacer sentir la herida y expresar- la. La sinceridad es algo que delata siempre una obra de arte. Yo no he dado jamás, ni sigo dando una obra por terminada. Hay tantos cuadros en el estudio, perfectamente prote- gidos, al abrigo de miradas, cuidadosamente dispues- tos para no lastimarlos, aunque ninguna de las salas es angosta. Mientras curioseo entre tanto lienzo, des- cubro deliciosos dibujos ocultos entre marcos apilados. “ Creo que una obra jamás se termina” –dice–. “ Antonio Lopez fue el primero al que se le ocurrió exponer obra inacabada. Se decide dejar cuando desagrada menos porque sabes que todo lo que pongas encima sobra y lo va a empeorar.” “Inés y la creación” (detalle). Eduardo Naranjo. Foto: A. Serés.

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