LLEI D'ART 7

61 asumieron un papel activo en la sociedad y el progreso tecnológico dio lugar a nuevas formas de ocio. Lartigue hacía fotografías para sí mismo, por lo que siempre ha sido inclasificable tanto para conservadores como para críticos. Sus fotografías suelen presentarse cronológi- camente o agrupadas por temas. En esta ocasión se ha querido ir más allá y mostrar desde un punto de vista inédito hasta qué punto sus imágenes, admiradas por su gracia y belleza, son un documento único de una época y una forma de vivir ya desaparecidas, la de la burguesía francesa del siglo pasado. De las 200 piezas que se compone la muestra, 160 se corresponden con copias modernas de sus fotografías, así como copias estereoscópicas modernas recreadas con el efecto tri- dimensional con las que fueron creadas. Estas imáge- nes fueron disparadas con cámaras estereoscópicas, muy de moda en la época para captar la sensación tri- dimensional de la realidad. La muestra se completa con un espacio titulado Los soportes de la memoria, una sala que permite tener una idea clara de las diversas técnicas que Lartigue utilizó para fijar y organizar sus instantáneas. Incluye 23 copias de la época datadas entre 1905 y 1926; además, tres cámaras que perte- necieron a Lartigue, un visor estereoscópico y ocho co- pias autocromas –fotografías coloreadas–. Jacques Henri Lartigue ocupa un lugar muy especial en la historia de la fotografía: el de un aficionado con ta- lento que siempre habló de la pintura como su principal pasión y de la fotografía como una dedicación secunda- ria. Desde 1902, con ocho años, hasta su fallecimiento en 1986, Lartigue vivió fotografiando. Nació en 1894 en Courbevoie, cerca de París, en el seno de una familia de in- dustriales. Su padre le compró la prime- ra cámara fotográ- fica cuando tenía ocho años y, desde pequeño, inició un diario con fotogra- fías y breves textos que lo acompañó toda la vida y que es un documento extraordinario para conocer el modo de vivir de una genera- ción que descubrió la moda, el deporte o las competiciones de motor. Lartigue fue un niño enfermizo que pronto comprendió que su felicidad podía desaparecer. Por eso decidió narrar su vida y, mediante ese relato, construir su propio perso- naje, del mismo modo que construyó su propia felicidad representándola constantemente. Para Lartigue, la feli- cidad es indisociable de su conservación, de modo que hay que retenerla mediante la escritura, la fotografía y los álbumes, la última etapa en la elaboración de sus recuerdos. Conservó durante toda su vida la frescura de la infancia y la insaciable curiosidad de la juventud. En sus imágenes celebra el instante presente y oculta la angustia que le produce el paso del tiempo. Descubier- to de forma tardía y fortuita en 1963, cuando contaba casi 70 años, por John Szarkowski, entonces conserva- dor de fotografía del Museo de Arte Moderno de Nueva York, Lartigue fue conocido y reconocido en su propio país y en todo el mundo gracias a la gloria alcanzada en Estados Unidos. En 1974, el presidente de la República Francesa, Valéry Giscard d’Estaing, le invitó a realizar su retrato oficial; entre ambos se estableció una sólida amistad que condujo a Lartigue, en 1979, a donar en vida la integridad de su obra al Estado. El paso del tiempo Desde su infancia, Jacques Henri Lartigue se obsesio- nó con recordar todo lo que experimentaba e hizo de la fotografía el instrumento de su memoria. Esa voluntad de recordar, muy arraigada en el pequeño Lartigue, es- taba estrechamente relacionada con su deseo de fijar la felicidad. Así, memoria y felicidad son dos realida- des que sufren la misma amenaza de desvanecerse y la genialidad de Lartigue estriba en el hecho de que Jacques Henri Lartigue. Bibi, Arlette e Ire- ne. Tormenta en Cannes. Cannes, mayo de 1929. Fotografia de J H Lartigue © Ministère de la Culture – France / AAJHL.

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