LLEI D'ART 7

77 por la total falta de escrúpulos de algunos “ambiciosi- llos” tras llegar a la conclusión de que ese mismo mer- cado que devora y turba el arte, no tiene piedad alguna para con el creador anónimo. Ostentosas muestras de estupidez cuelgan también de las paredes de petulan- tes coleccionistas de poco pelo, tan anodinos como le- gos en la materia. Solo el veleidoso mercado parece detentar la batuta al son de la que parte el desfile de la victoria de los más favorecidos. Y aunque a la vista de lo visto resulte una obviedad insis- tir en el funesto proceso de banalización del arte, debo reconocer un nuevo considerando: si bien es precario- despreciar lo propio para valorar lo ajeno, sobrevalorar lo propio y desairar lo ajeno es, simplemente, una for- midable necedad, ya que erosiona profundamente algu- nos de los atributos más arraigados del gran arte, como son la belleza o la honestidad, porque no hay dignidad en una vida cuya existencia no se vea ennoblecida por la consecución de uno u otro ideal. La exaltación del amor propio solo es insalubre para el individuo vulgar o estúpido, porque el éxito –real o imaginario–, tan solo envanece al tonto. Fernández–Llebrez, catedrático de fisiología del departamento de Biología Celular, Genéti- Capricho nº 41. “Ni más ni menos”. Francisco de Goya. Estampas de asnerías. Capricho nº 39. “Hasta su abuelo”. Francisco de Goya. Estampas de asnerías. ca y Fisiología de la Universidad de Málaga recordaba recientemente que las leyes básicas de la estupidez di- vidían a los seres humanos en cuatro grupos: inteligen- tes, incautos, malvados y estúpidos, y que el aparente- mente extraño fenómeno por el que un estúpido llega a detentar poder es algo relativamente fácil de entender, ya que se debe a que suele estar rodeado de una serie de personas a las que les interesa que tenga éxito para gracias a ello conseguir éstas un beneficio. Un estúpido abandonado solo entraña peligro para sí mismo. Y si el mismo Sócrates defendía que no era prudente que el hombre sabio participase en la política, me pre- gunto si el buen artista debiera o no dejar de inmiscuirse en ese tan fatuo mercado del arte en busca de unas migajas de gloria –el más vano de los logros, parafra- seando a Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la es- tupidez –. Porque bien es cierto que si la prudencia es producto de la experiencia, la estupidez excelsa prote- ge generosamente de ambas virtudes. Tenemos mucho de entre donde escoger. A. Fénix

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