LLEI D'ART 9
el rincón del profano 11 ¿Pero, dónde están los cuadros? El arte conceptual más subversivo, am- parándose en la dilatada tolerancia den- tro de la que retoza a su antojo, parece haber reinventado el concepto clásico de la contemplación, dispersando el ámbito de la mirada hacia lindes más propicios al desconcierto y a la perple- jidad que al deleite sensorial. Este tre- pidante y licencioso proceso de des- materialización, convierte la obra en un “algo” impalpable y veleidoso, aunque para mi alivio, he podido personalmen- te constatar que, con mayor o menor disimulo, va quedando paulatinamente relegado a mero material de relleno en plataformas expositivas varias, ya muy adiestradas en el arte de mezclar chu- rras con merinas, y cuya mejor apuesta busca ser –eso suponiendo que lo tie- nen–, algún Máster de reventa que cu- bra los costos –habitualmente ruinosos, por qué no decirlo–. Sin embargo esto es algo que, por otra parte, no debería resultar ni mucho me- nos desalentador para sus seguidores más acérrimos, teniendo en cuenta que este movimiento proclamador de la idea, de lo efímero, y demoledor de la forma, ya fue en su época planteado y engen- drado como reacción al mercantilismo aburguesado y al consumo, cuestionando con ello la legitimidad del arte convencional. Loable, sin duda, aunque absurdo, dado que ese tipo de expresión existe desde tiempos de María Castaña, bajo la forma de reyertas, caceroladas, piquetes, sentadas, tomatadas, escraches o pintadas. Desde luego nunca se habían visto en galerías de arte, porque una cosa es expresarse y otra bien distinta es pretender alcanzar una cotización en el mercado del arte por ello. Esta cruzada por el fin de la pintura venía acaudillada por principios tan inconcebibles como los que afirmaban mantenerse al margen de los circuitos comerciales o una impoluta incorruptibilidad. Pero por lo que parece, ahora todo vale: los márgenes dentro de los que se mueven los valores estéticos actuales son tan holgados que se descuelgan, y la crítica no suele pronunciarse. Afortunadamente los críticos más respetables se han cansado de tanta guasa y afilan el lápiz a sabiendas de su responsabilidad con el público que venera su sen- tir y escucha sus consejos. Señores conceptualistas: ¿realmente quieren hacernos pensar que detrás de los grandes maestros no prevalecían grandiosas ideas? ¡Por Dios y por todos los Santos! ¡Por supuesto que sí, sólo que además esos conceptos se presentaban al espectador bajo la grandilocuencia de una obra excelsa y rebosante de virtuosismo. Esas magníficas obras de arte, y no me ciño al pasado, porque en la actualidad, y
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