LLEI D'ART 9

LLEI D’ART 16 reseñas de acciones vacías, sin valor, van creando una normalidad que todo lo empecina e impregna. Cuando todo se degrada, todo se degrada. No es Perogrullo, es lo que tenemos. ¿Dónde están la ética, el obstinado rigor, la ambición de saber y analizar, la razón y la decencia, la libertad y la humildad, dónde están? En la rueda de prensa del Madatac 4: la Vanguardia del arte digital en CentroCen- tro, 10.XII.12, éramos dos personas. Las explicaciones fueron patéticas; la nota de prensa, una reseña de ac- tos; los expertos que hablaron y los artistas: victimistas, quejosos, imprecisos. ¿Cómo es posible que en la era digital un festival como éste no interese? Estamos ins- talados en la gran mentira, nada es lo que parece y lo que parece algo resulta no ser nada. No es derrotismo, sino hambre de regeneración, de despertar conciencias, de que los implicados se pregunten: ¿para qué, lo que a nadie importa? Leed a Stanislaw Jerzy Lec, «Pensa- mientos despeinados». III El caramanchelismo . Caramanchel , sustantivo, para el DRAE vale por cobertizo, tugurio o cantina donde se venden bebidas. Se tiene por un derivado de cámara, nada que ver con carama, que quiere decir escarcha. Caramanchelero es la persona que vende las bebidas en un caramanchel. ¿Y qué es eso del caramanchelismo? Nada en los dic- cionarios. Azorín, «Paris» , Biblioteca Nueva, Madrid, 1945, pág. 27, lo define así: «considerar como verdade- ro aquello que tiene todas las apariencias de serlo y que, sin embargo, es falso» ¡Como anillo al dedo para gran parte de lo que en la actualidad se presenta como arte! No llego al extremo de Marc Fumaroli: «No hay derecho a utilizar la palabra arte para lo que se llama el arte con- temporáneo, no lo llamemos así, habrá que inventar otra palabra, tal vez «entertainment» para millonarios». ¿Por qué se alaba lo que no se siente, ni se ve? ¡Si algo no te dice nada, por qué no confesarlo, en lugar de alabarlo, para que no digan! El arte es un producto in- teligente, por lo que es, por cómo esta realizado, por su dimensión o su presencia. Varía el hecho de su comu- nicación, la forma de compartirlo, la manera de sentirlo. Pero, ¡si no hay un acto inteligente, qué comunicamos? Nos asfixia la confusión. Ahora todo lo plástico es una reflexión conceptual de la identidad. ¿Por qué? Confun- dimos arte con manualidades, apropiación con creación, arbitrariedad con descubrimiento, ocurrencia con talen- to, certeza y apariencia, duda y deslumbramiento, ¡Así nos va! Deberían leer « La castración mental », Bernard Noël, Editorial Aldus , México 1996. IV Internet . ¡Quien no utiliza internet no sabe lo que se pierde; quien sólo se vale de internet no imagina de cuánto se está privando! Se ha hecho imprescindible. La libertad y rapidez que nos ha proporcionado en la comunicación es asombrosa. La distorsión viene de la frivolidad del hombre, de su ignorancia, de su latente desprecio a la cultura, al esfuerzo. Los errores, cuan- do no las injurias, se propagan impunemente, como la pornografía y la zafiedad más soez. Como liberal, no quiero restricciones, no estoy por prohibir nada, pero sí por hacer responsable a cada uno de sus actos; sí por establecer mecanismos que impidan el macarrismo, la extorsión y el delito. Se difunden citas falsas, obras inexistentes, biografías manipuladas. ¿Qué organismo estatal vigila y persigue ese pandemónium? Los mediocres se vengan de los talentosos amparados en el anonimato. En lugar de an- helar conocimiento, de buscar fuentes fiables, trazas de nuestra tradición cultural, consultamos la red a través de google , y sin el más mínimo contraste, hablando por boca de ganso, repetimos lo que cualquier insensato ha dejado en pantalla, sin otra solvencia que su desconoci- miento o su mala fe. Estoy a favor de internet, a pesar de esos gamberros, que siembran de hoax la red. Fue una gozada cuando sorprendieron a Bernard-Henri Levy citando un texto fal- so de un autor apócrifo, como un descubrimiento, cuan- do lo había copiado de internet y no existía. Retrato de José Martínez Ruiz Azorín realizado por el pintor Ramón Casas i Carbó (1866-1932). Museo Nacional d’Art de Catalunya (MNAC).

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