LLEI D'ART 9

17 Se dan noticias con imágenes que pertenecen a otro acto, se cambian los nombres, se vitupera, injuria o aco- sa. Pero ofrece una libertad que no podemos desdeñar. ¡Protejamos esa libertad sin permitir que los ignaros y los matones con careta la manchen. ¡Bienvenido inter- net con su peligro y su belleza! Convendría que cono- cieran el artículo «Los ordenadores oyen» de Luis María Anson, El Cultural , 14.XII.12 V El negocio del arte . Los envidiosos se confunden. El negocio del arte existe, continúa, claro que en pocas –y no tienen por qué ser sabias– manos. Es más, la con- fusión es tan descomunal que hay quien pasa por ser experto diletante, pero lo único que le interesa es llevár- selo crudo. Una gran masa de artistas vive de un primer trabajo alimentario, para decir después que son artistas y que no les importa vender. Algunos, bastantes, viven de su trabajo como pueden. Los menos, no sólo viven, sino que se enriquecen con lo que hacen, lo que es le- gítimo. Lo que no es bueno es que estén en manos tan ventajistas las grandes firmas y en manos tan cutres las obras de escaso precio. ¡Cuando todo está cambiando, por qué no cambian, se mueven, las galerías? Parecía que las ferias eran una solución, ahora hay tantas que sobran por sus pobres resultados. Hay firmas especulativas, más allá de su di- mensión: Picasso, Warhol, Richter, Miró. Pero, el arte que necesitamos, el que puede estar a nuestro alcance, el que abre ventanas, se debe comprar no como inver- sión, sino por placer, por gusto, por sentimiento. Daniel-Henry Kahnweiler decía que el arte era lo más rentable pero que carecía de liquidez. Se compra arte por tradición cultural, por imagen social, por muchas ra- zones. Pero no por inversión, en cifras bajas. ¿Cómo pretende alguien enriquecerse comprando una pieza de unos pocos miles de euros? La tontería también coti- za. ¿Qué están haciendo las Cajas de Ahorro con esas colecciones que les han hecho sus sesudos asesores? Aquí hay mucha gente que se ha lucrado de forma sucia con el arte y que ahora protesta o ata su bolsa para que no se escape ni un euro. Hay piratas sin parche en el ojo, pero peligrosos porque sólo les importa el dinero, no el arte. No sería malo que conocieran «L’homme de l’art» , Pierre Assouline, Éditions Balland , 1988. VI Las subvenciones . José María Lassalle, Secretario de Estado de Cultura, que parecía ser una esperanza, se ha desinflado. No ha cogido peso representativo, está de figurón. No ha tomado decisiones que urgían. De vez en cuando dice algo que no está mal: «La cultura no puede pivotar alrededor de las subvenciones exclusiva- mente» , pero no pasa de eso. Los Premios Nacionales del ámbito cultural siguen sien- do un escándalo. La Reina Sofía, una taifa política que no está en la ruta de museos de arte contemporáneo del mundo, y eso que tiene el Guernica . Lassalle no co- noce a los agentes culturales, no los convoca. Siguen las subvenciones a revistas que no representan nada, a editoriales, a amigotes. La deriva de la ACE es inope- rante, ¿para qué vale? Los «sorayos» toman el poder, lo copan todo, da fatiga ver como se maneja Teresa Li- zaranzu. Se han quitado los de antes y se han puesto los de ahora: eso es todo. Las subvenciones coartan la imaginación, enervan el pensamiento, crean vividores y vagos. Las ayudas deben ser al talento, a la creatividad, no al capricho, o a la torpeza, o a delincuentes, que bien conocen los vericuetos para lograrlas. Para limpiar un poco, propongo: «Construcción de la rosa» , Libertarias Prodhufi , Madrid 1990, Jesús Hilario Tundidor, que aún no es Premio Nacional, ¡qué vergüenza, Sr. Lassalle! VII Las ideas recibidas . Se habla por boca de ganso, lo que se les ocurre a otros, con excesiva frecuencia, ¿por qué no contrastar lo que dicen los interesados sin creerlos a pies juntillas? Nunca me ha gustado que me lo cuenten. Siempre que puedo estoy allí, donde se pro- duce el evento, para constatar su desarrollo. Se cita sin leer, copiando de otros, fuera de contexto. Nadie debe conformarse con lo que oye, todos debe- mos experimentar. Un académico me preguntaba: ¿es Baudelaire tan importante como dicen? Lean a Baude- laire y salgan de dudas. Lean a Wittgenstein, a Rosalind Krauss, a Danto y no dejen que cada uno se lo cuente a su manera. En la presentación de la expo de María Blan- chard, Borja Villel se marcó una parrafada, emperifolla- da, que nadie entendió, pero él se quedó tan a gusto. ¡Que los coleccionistas estén pendientes de lo que les dicen los asesores, vendedores, numularios y comisio- nistas, es una catástrofe! El coleccionista es un amante del arte, se guía por sus gustos, sus saberes y su olfato. Él tiene que elegir e integrar. Las reseñas repiten lo que les comunican, todo es ma- quinal. ¿Dónde está el pensamiento, dónde el hombre? Con los libros sucede lo mismo. El cine es el único que se salva. Hay que estudiar, leer, contrastar. No decir lo que dice otro, sin razones objetivas. No os arrepentiréis, leed «¿Hacia dónde es aquí?» , Antonio Deltoro, 1982, México.

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