LLEI D'ART 9
33 Copa de oro (1650-1675). Catálogo de colecciones del Museo de América (Madrid). © VEGAP, 2010. Foto: Joaquín Otero Ubeda. metales y las proporciones de sus aleacio- nes como el oro amarillo, rojo, rosa, blanco, gris, verde o azul. Así pues, el oro amarillo es una aleación que tiene, por cada 1000 g. de la misma, 750 g. de oro fino, 125 g. de plata fina y 125 g. de cobre; el oro rojo a su vez contiene 750 g de oro fino y 250 g. de cobre; el oro rosa tiene 750 g. de oro fino 50 g. de plata fina y 200 g. de cobre; el oro blanco o Paladio combina 750 g. de oro fino, de 100 a 160 g. de paladio y el resto es de plata fina; en el oro gris hay 750 g. de oro fino, alrede- dor de 150 g. de níquel y el resto es de cobre; el oro verde tiene 750 g. de oro fino y 250 g. de plata; en el oro azul hay 750 g. de oro fino y 250 g. de hierro. Así se obtiene el material para iniciar el proceso de elaboración de las maravillosas piezas de orfebrería. Para hacer una referencia simbólica, diríamos que las aleaciones se asemejarían al tipo de unión que mantienen nuestros planetas y sus respectivos satélites. La mezcla –cópula– del sol (oro) y la luna (plata) mediante el elemen- to fuego tiene un significado superlativo de máxima expresividad hermética. Se refiere a la creación de una dimensión distinta a la realidad aparente. La magia de su valor po- dría residir en ello. La unión del sol y la luna conseguida por un humano, es como el acercamiento al poder divino a través del uso de los elementos. Es jugar a algo más que a unir dos metales. Es proyectar la capacidad de superar las limitaciones somáticas y alcanzar la iniciación a la espiritualidad. Los alquimistas cristianos pretendían conseguir oro a partir de metales inferiores o materia desde los gases; pretendían obtener la partícula de Dios . Algo que, en otra escala, ya había conseguido la orfebrería, refiriéndo- nos al poder suprasensible. Las técnicas de fabricación de esos objetos son de vasta y rancia maestría. Suele ser un oficio que se transmite de generación en generación. Existen sagas de orfebres como en las escuelas de Sevilla o Valencia, muy arraigadas a los festejos religiosos y da- dos a ornamentar sus imágenes con orfebrería fina, al igual que en los lugares dotados de una arraigada tradición, como en Lati- noamérica o en la zona de culto ortodoxo de Grecia y los países de la antigua URSS. En los lugares donde la práctica religiosa ha disminuido, la orfebrería se centra más en la fabricación de joyas. Está claro que, por una u otra razón, la simpatía por los objetos confeccionados con metales preciosos está presente en todas las culturas. La fusión del material bruto se prepara en un crisol a 1.063 °C para eliminar impurezas. Tras ello, el martillado y batido le procura for- ma de lámina o lingote. Al martillar o batir las piezas, éstas cam- bian de dureza y ductilidad debido a las transformaciones sufridas en su micro-estructura, por lo que se hace necesario el recocido una o varias veces para evitar que se quiebre la lámina. Luego hay que proceder al cortado, que se realiza a través del simple doblado, marcando la línea de corte con una incisión. El acabado generalmente se practica por la cara externa o visible de la pieza, y consiste en una limpieza o pulido por fricción o abrasión. Pos- teriormente se efectúan las uniones mecánicas y ensambles por Catálogo de colecciones del Museo de América (Madrid). © VEGAP, 2010. Foto: Joaquín Otero Ubeda.
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