LLEI D'ART 9

51 «Desván en Caudete». Colección particular. «Cacharro II» La obra de Renard, demuestra un alarde de habilidad en el enfoque con el que afronta la luz y, con ello, en la obtención de difíciles atmósferas, muy capaces de su- plantar a los propios elementos que las habitan, en un ejercicio de superioridad y franqueza del que muchas veces ni el propio artista parece consciente. De poéti- ca frecuentemente escurridiza en otras colecciones, sin embargo aquí, en esta serie, me atrevería a distinguir entre el objeto lírico –el que posa dejando traslucir el dilatado paso de los años sobre su fría piel de metal– y el motivo, esa intrínseca abstracción que provoca el sentimiento al que apela el impactante encuentro con un escenario, donde la luz marca la cadencia. Son his- torias pintadas sin protagonistas ni figurantes, instantes robados al paso del tiempo, descuidos, pequeñas in- tromisiones que sugieren una historia, o quizás varias. Y esas ventanas –arterias que se abren al alma– irre- mediablemente me transportan a las obras de Vermeer, icono cabalístico a través del que se filtraba la luz y escapaban fugazmente las fantasías, los anhelos y los sueños por vivir. Símbolo –pienso yo– de una esperan- za, metáfora de la curiosidad, referente de la intempe- rie, de lo foráneo, puerta abierta «ma non troppo» al mundo exterior, o poterna transgresora de irrupción de lo que es ignorado y resulta por tanto incierto. Su luz atrapa el frugal instante e inmortaliza esa realidad que bajo la austera forma de unos cacharros olvidados en un desván, se viste de ternura y alienta un reconfortante misticismo. Un barreño de estaño, un cántaro de cobre en un espacio interior, parábola del discurrir del tiempo, una constatación, sin dilemas, sin más planteamientos que la mera narración visual de cuanto acontece en ese momento sustraído al transcurso de un lapso impreci- so en la tan sólo aparente infinitud del vigor existencial. Imágenes que me invitan a recordar al poeta romano Virgilio en el libro III de sus Georgicas : «Sed fugit in- terea, fugit irreparabile tempus, singula dum capti cir- cumvectamur amore» (Pero mientras tanto huye, huye el tiempo irremediablemente, mientras nos demoramos atrapados por el amor hacia los detalles). Pruden La expresión visual de la obra que ocupa nuestra por- tada, junto con el gesto, la impecable postura y la acti- tud del personaje retratado, evidencian una fortaleza y frescura tales que pocas palabras son necesarias para penetrar en lo más hondo del lienzo. Una mirada crítica, inquisidora, que interroga y se interroga, traduciendo su vida y desafiando al observador. Pruden muestra su identidad, pero reclama la del observador. Absoluta- mente elocuente y brillante en su ejecución, el cuadro marca un momento clave en la evolución de este artista, que establece un poderoso compromiso con su obra y su cometido. Borda la pose, muy en consonancia con la contemporaneidad de la época, y se mantiene leal al perfil psicológico del objeto del retrato, insistiendo en el mensaje y en la belleza con la que éste se hace legible. El desdibujado del resto del cuerpo rinde excelso tributo de cortesía a la expresión del rostro que, de este modo, engrandece su elocuencia y trasciende lo meramente sensorial para surcar terrenos más propios de lo emo- cional. Luisa Noriega Montiel

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