LLEI D'ART 9

61 vienen de varias fuentes y nos aportan una extraordina- ria cantidad de información: desde el descubrimiento de la momia a principios del siglo XIX hasta los recientes hallazgos logrados mediante un escáner corporal. A través de una TC se obtuvo información sobre su ana- tomía, su edad y su estado de salud general, así como sobre la forma de momificación. La historia de Anjhor nos ofrece una fascinante perspectiva sobre la vida y la muerte en el antiguo Egipto. Esta interesante expo- sición invita a los visitantes a un viaje al mundo de los rituales funerarios del antiguo Egipto que les permitirá ampliar sus conocimientos sobre la creencia en la vida después de la muerte en dicha cultura y sobre la labor que realizan arqueólogos y científicos para averiguar el pasado. Las momias se convierten en testimonios pri- mordiales del pasado y nos revelan todos sus secretos. Los antiguos egipcios entendían la muerte como un paso hacia la resurrección: morir para renacer. Tras el fallecimiento empezaba una nueva vida en un mundo gobernado por Osiris, el dios de los muertos. Sin em- bargo, antes de entrar en el reino de Osiris el difunto debía enfrentarse al Juicio Final. Según un antiguo mito egipcio, Osiris, hijo de la diosa Nut, fue asesinado por su celoso hermano Set. Para evitar que volviera a la vida, Set lo descuartizó y esparció los pedazos del ca- dáver por todo Egipto. Isis, hermana y esposa de Osiris, reunió los trozos del cuerpo descuartizado y utilizó sus poderes mágicos para resucitarlo. Con la ayuda del dios Anubis, juntó y vendó los restos. Se trata de la prime- ra momificación, que permitió a Osiris volver a la vida. Una vez conquistada la muerte, pasó a ser el dios de la resurrección y de la otra vida y a gobernar el Reino de los Muertos. Osiris gobernaba en el Reino de los Muer- tos. Era el juez supremo de los difuntos y presidía el Juicio Final, en el que el fallecido se presentaba ante él y 42 dioses, que juzgaban sus acciones. Ante ellos debía demostrar el difunto su pureza y probar que su conciencia estaba completamente limpia de pecados. El corazón del difunto se pesaba comparándolo con una pluma, que representaba a Maat, la diosa de la verdad, para valorar su inocencia. Si el corazón pesaba más que la pluma, la diosa demonio Ammit lo devoraba, con lo que se condenaba al muerto al olvido. Si pesaba más la pluma, se consideraba que el difunto había llevado una vida recta y podía acceder al más allá. Esta es- cena, denominada sicostasia , término de origen griego que significa ‘el peso del alma’, aparece representada en todos los Libros de los Muertos hallados desde fina- les del Imperio Antiguo. Cuando alguien moría, su cadáver se llevaba a la casa de embalsamamiento, donde se realizaba la momifi- cación. El proceso más completo duraba alrededor de setenta días y constaba de varias etapas: evisceración (extracción de los órganos), deshidratación y, por últi- mo, aplicación del vendaje. Los sacerdotes colocaban amuletos y en ocasiones joyas sobre el cadáver y entre las capas de vendas para proteger al difunto en su viaje. El dios Anubis presidía todas las momificaciones y vela- ba el reposo de los muertos. También solía encargarse de acompañar al difunto ante Osiris en el Juicio Final. La complejidad de la momificación fue aumentando con el tiempo, variando mucho la complejidad del proceso en base al poder económico de la familia del difunto. Tras el lavado previo purificador, se realizaba una in- cisión con un cuchillo de sílex en el lado izquierdo del vientre. Los órganos eran lavados, secados, tratados

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