LLEI D'ART 9
63 con natrón y vendados para colocarlos en canopes. En determinados casos se extraía el cerebro por la nariz con la ayuda de una sonda mediante un gancho, utensi- lio que servía para deshacer el cerebro en putrefacción. El corazón, donde se consideraba que residían la me- moria y la emoción, tenía que ser juzgado antes de que el difunto pudiera pasar a la otra vida, de modo que se dejaba dentro del cuerpo. Un vez extraídos los órganos, el cadáver se cubría con natrón y se dejaba así durante aproximadamente un mes. El natrón era una sal natu- ral hallada en Wadi Natrun, entre Alejandría y El Cairo, que ayudaba a deshidratar el cuerpo eliminando todo resto de grasa y actuaba como agente antibacteriano. Al final, el cuerpo era aclarado y se le aplicaban aceites y ungüentos para mantener parte de la elasticidad de la piel. Todo el proceso era supervisado por un sacerdote. Según el periodo y el estatus del difunto, se colocaban en el cadáver amuletos y joyas para su adorno y protec- ción. Las máscaras de cartonaje –algunas decoradas con pan de oro e incrustaciones de vidrio– aparecieron hacia el 2100 a. C., y las cajas de cuerpo entero de car- tonaje fueron introducidas hacia el 900 a. C. Los «libros» funerarios de rollos de papiro empezaron a producirse durante el Imperio Nuevo, hacia 1550 a. C. Se trataba de guías para alcanzar el otro mundo y el más habitual era el Libro de la salida al día, más conoci- do hoy como Libro de los Muertos , pero había muchos más, como el Libro de lo que hay en el otro mundo ( Am- duat en egipcio), el Libro de las cavernas , el Libro de las puertas o el Libro de la respiración . Los ataúdes y sarcófagos, denominados con frecuencia arcas de la vida, solían ser decorados mediante textos imágenes que conferían una protección mágica al difun- to. Solían ubicarse dentro de un sarcófago de piedra o casa de la eternidad, orientada frecuentemente hacia el sol poniente. La cámara sepulcral, que quedaba sellada tras una ceremonia, contenía la momia, los sarcófagos y el ajuar funerario. Las tumbas egipcias han sufrido saqueos durante si- glos. Ni el surgimiento de la egiptología como ciencia logró acabar con esas prácticas y, hasta hace relativa- mente poco no se ha reconocido realmente la utilidad de las momias para aportar información fidedigna y de- tallada sobre la vida y la muerte de los antiguos egip- cios, y apenas empiezan a analizarse en profundidad los restos conservados. Se cree que Anjhor fue descu- bierto por el explorador italiano Giovanni Battista Bel- zoni, que llevó a cabo excavaciones en Deir El-Bahari, donde se considera que estuvo enterrado el sacerdote. Sin embargo, también es posible que Belzoni compra- ra los sarcófagos a saqueadores de tumbas en vez de desenterrarlos él mismo. En 1826, el Rijksmuseum van Oudheden de Leiden adquirió la momia y los sarcófa- gos. Dos años antes, el primer director del museo, tras desenvolver una momia, decidió prohibir dicho proce- dimiento, de modo que Anjhor quedó intacto. La infor- mación que se tenía de Anjhor procedía del estudio de los jeroglíficos de sus sarcófagos y de los ornamentos dispuestos encima de la momia. En la actualidad, gra- cias a las técnicas modernas no invasivas, arqueólogos y científicos han podido conocer parte de la vida de este hombre, que vivió en Egipto hace más de 2.000 años. Los antiguos egipcios creían que el faraón era su co- nexión viviente con los dioses. Podía delegar tareas en los sacerdotes, «sirvientes de los dioses», quienes realizaban en su nombre los rituales diarios destinados a dar de comer al dios y tenerlo satisfecho. En el san- tuario del templo, una estatua podía habitar el espíritu del dios o diosa representados. El funcionamiento de los grandes templos dependía de una jerarquía enca- bezada por el sumo sacerdote y sus ayudantes. Anjhor fue un miembro de rango medio del cuerpo sacerdotal de Montu. Además de sus obligaciones rituales, se cree que también fue responsable de parte de la administra- ción del templo. Al morir, Anjhor fue momificado y en- terrado en función de su posición social. Sus ataúdes pueden datarse con bastante precisión hacia los años 650-625 a. C. La momia permaneció intacta dentro de su cámara funeraria hasta el descubrimiento de la tum- ba 2.500 años más tarde. Vasos canópicos de Dyedjonsuefanj. 1070-712 a. C. © RMO
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