LLEI D'ART 9

71 conocido disparo del cazador. Si lo consigue, se alivia y atesora experiencia hasta que surja la siguiente oca- sión. En la era clásica, la descripción de los acontecimientos cotidianos y/o históricos, por muy atroces que fueran, poco se representaron como temas artísticos. La des- trucción de Troya o las victorias de Alejandro se narra- ban sin la evidencia del horror. Al parecer, para los artis- tas helenos o romanos, no era de interés evocar aquello que no tuviera una estética, una belleza al uso. Podían representar escenas de guerra como expresión plástica parecida a la de los juegos, pero no como recordatorio. En Egipto, el pop-art de la antigüedad, se ciñó a la des- cripción de lo cotidiano, de las tareas de manutención, y al agrado de sus creencias sobrenaturales. El horror es- taba proscrito en una sociedad que anhelaba vivir bien hasta que llegara su «gran» viaje. ¿Es que no existía? Sin duda que sí. Las enfermedades, reyertas, crimina- lidad, odios, venganzas, envidias, entre otras, genera- ban horror. Seguro que existió, aunque no en medida suficiente como para generar la necesidad de evocarlo y perpetuarlo en una obra de arte. En la Edad Media, el arte se centró en lo que el cristia- nismo predicó: el hombre después de Dios. La didácti- ca de la religión a través del arte sacro fue su principal cometido. La parte horrorosa –si pudiéramos eliminar el conocido fin de la pasión de Cristo–, sería el proceso de su muerte. La ira de Dios manifestada en los desastres naturales y las epidemias también era motivo de horror y fue escasamente representada por los artistas de la época. Podemos imaginar los horribles acontecimientos en las cruzadas, en las persecuciones inter-religiosas o en las guerras feudales sin que éstas hayan trans- cendido –realmente– por medio del arte. Alguna tímida alusión jerárquica de victorias a modo de recordatorio de quién ostentaba el poder, la iglesia y el rey. En los scriptorium monacales donde se elaboraban libros tales como «Los comentarios del Apocalipsis» del Beato de Liébana (776), se reflejaban algunas de estas gestas. Tras el cauteloso acercamiento al realismo de Giotto (1267-1337) y entrado el quattrocento , se empiezan a ver representaciones con expresiones de horror de los personajes que las constituyen. El precario realismo de la época deja un atisbo de sufrimiento ante el futuro de alguno de los hombres que se mostraban en las esce- nas de guerra, como se puede apreciar en la «Batalla entre el emperador bizantino Heraclio y Cosroes II» , del ciclo de historias de la Santa Cruz (1452-1466) de Piero della Francesca. A finales de la centuria, los grandes maestros (Leonardo, Miguel Ángel y Rafael) se centra- ron en la dramatización de las escenas de la Biblia y en la pasión de Jesús y algunos mártires como «El martirio de San Pedro» de Miguel Ángel. Aunque pueda resultar atroz, no es el horror del que queremos hablar en el presente artículo. En el gótico alemán se representaron escenas de la Bi- blia con un prerrealismo que se acerca a la condición de horror del ser humano ante la idea del descenso a los infiernos en «El juicio final» Hans Memling, 1466-1473. Tuvo que llegar el Renacimiento para empezar a mos- trar con más fiereza el horror, aunque modificado des- de la intelectualidad que imperaba. Escenas místicas «Saturno devorando a un hijo». Francisco de Goya, 1819-1823. Óleo sobre revoco trasladado a lienzo por Salvador Martínez Cubells, 146 cm × 83 cm. Museo del Prado, Madrid, España.

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