LLEI D'ART 9
LLEI D’ART 74 miento humano. Escudriñó entre las más viles y nefas- tas creencias de las gentes de la época. Perpetuó los horrores de la guerra en aquellos momentos previos a la acción. Mostró angustias, sentimientos de impotencia y horror en las caras de las víctimas de la espantosa conducta de todo aquel que tuviera la oportunidad de infringir dolor y muerte. Excepto en una primera época de dulzor estético en la que no hizo más que seguir la corriente de no mostrar los trapos sucios de la mente humana, siguieron los caprichos, los desastres de la guerra, la quinta del sordo, las pinturas negras, todo lo que él creía que generaba miseria humana, y como no, horror. Obras como «Saturno devorando a un hijo» (1819-1823), «El tres de mayo de 1808 en Madrid» , «Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío» o «Los fusilamientos del 3 de mayo» (1813-1814), «Perro semihundido» (1819-1823), entre otras, demuestran su implicación en el desarrollo y mejora de la humanidad. Otros románticos como Gèricault, con la espantosa conducta del inexperto capitán del barco que condujo al canibalismo en «La balsa de la medusa» (1819) con una clara influencia del dramatismo manierista, o «La muerte de Sardanápalo» (1827) de Delacroix, con la pomposidad del barroco rubensiano , donde las caras de horror son manifiestas tanto en caballos como en personas. Los escritores y artistas post-románticos se rebelan con- tra las formas de vida de los burgueses y nace su espíri- tu inconformista que demanda libertad. Sienten rechazo por los valores de la sociedad y reivindican su deseo de evadirse de la oscuridad y de la angustia de la realidad. Se aferraban a la aventura, la soledad, y a veces, al odio de su propia existencia, de forma que algunos de ellos acabaron en la locura. En la literatura, cabe desta- car las obras «Los miserables» (1862) de Victor Hugo, o «Las flores del mal» (1857) de Charles Baudelaire, por su aproximación al tema que nos ocupa. No son rela- tos terroríficos u horripilantes, pero encarnan, en cierto modo, el espíritu de lo más bajo del ser humano y, con ello, la posibilidad de provocar horror. En Estados Uni- dos, John Quidor (1801-1881) recreó la imagen «Jinete sin cabeza persiguiendo a Ichabod Crane» , de uno de los cuentos populares que Washington Irving escribió basándose en los cuentos del folclore centroeuropeo, «La leyenda de Sleepy Hollow» , más conocido como «La leyenda del jinete sin cabeza» (adaptada al cine por Tim Burton en 1999). Véanse los ojos desorbitados del señor Crane como excelsa representación de horror. Los realistas se centran en la tristeza, desolación, so- ledad, placer, lujuria, desesperación o desgracia, emo- ciones que asumen realidades. El individuo que siente horror no encaja lo que está viviendo, no puede aceptar esa experiencia, desea salir huyendo de la escena, no cuenta con la serenidad suficiente como para reflexio- nar o pensar siquiera en posibles soluciones; está en- tregado al intenso sufrimiento, sin salir de ello. Está vi- viendo una experiencia fantástica, sublime, paralizante, indescriptible, inhumana pero real. Cuando este senti- miento invade al artista, puede reflejarse en su obra. Precisará de la suficiente honestidad consigo mismo para elevar ese sentimiento a la condición de obra de arte. Llegamos a Pablo Ruíz Picasso y a su gran obra el «Guernika» (1937), gran testimonio del horror. De nue- vo es una guerra la responsable de provocarlo. ¡Cómo se obtienen licencias para hacer daño!, ¿verdad? Beli- cismos justificados tras las cortinas de lo oficial capa- ces de engendrar horror. En el arte contemporáneo, el horror ha recuperado cierto protagonismo, incidiendo en la polémica entre lo que es y no es bello en el arte: ¿expiación o provocación? Antoni Serés «Soldado herido». 1916. Otto Dix (Gera, Alemania 1891 – id. 1969. Aguatinta y aguafuerte. National Gallery of Austrailia, Canberra, Australia. «Judit y Holofernes». Caravaggio, 1599. Óleo sobre lienzo, 144 cm × 195 cm. Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma, Italia.
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