LLEI D'ART 9

LLEI D’ART 98 El Jardín . Sorolla pinta los jardines de los Alcázares buscando la soledad, como refugio frente al cansancio que le produce la vida so- cial a la que le obligan los encargos oficiales. Por eso, en sus cuadros de jardines la figura humana está casi siempre ausente. Cargado de múltiples resonancias afectivas, el jardín andaluz es para él una crea- ción homóloga a la pintura misma, un espacio construido donde las arquitecturas vegetales se conjugan con el agua, la cerámica o el mármol para atraer y regular, no sólo la luz y el color, sino también el sonido y la brisa, el escenario de una polifonía sensorial que nos seduce para llevarnos a lo más esencial de nosotros mismos. El Jardín de la Casa Sorolla . Reúne el núcleo principal de la exposición. La lección de los patios y jardines andaluces resultará crucial para la configuración del «jardín de artista», que Sorolla construye en su casa de Madrid. Sorolla lo concibe como espa- cio de intimidad familiar y también como fuente de inspiración para su trabajo, y dedicará sus últimos años a su creación y recreación, al tiempo que extraerá de él un caudal inagotable de motivos pic- tóricos. En el proceso de realización de ese jardín no sólo copia algunos rincones concretos de los jardines sevillanos y gra- nadinos que tan bien conoce, sino que trasplanta al centro de la meseta castella- na fuentes, azulejos, columnas, estatuas, árboles frutales o plantas ornamentales apasionadamente buscadas y traídas desde Andalucía. La lección de esencialidad, intimidad y li- rismo que Sorolla había aprendido en los patios y jardines andaluces, queda así su- blimada en el juego de espejos que tejen los artificios paralelos de su jardín último y su última pintura. Sorolla se enfrentaba a sus últimas obras –los jardines de su casa–, con la sincera esencialidad y el sobrio refinamiento de un artista pleno, que seguía reflexionan- do sobre las posibilidades de su pintura. De forma paralela a los grandes encargos que acomete en esos años y, especial- mente, a la decoración para la Hispanic Society de Nueva York, en Sorolla madu- raba, a través de sus pinturas de jardines, una poética del silencio y la intimidad, con sorprendentes concomitancias con la sensibilidad simbolista/modernista de su tiempo. En Andalucía, había descubierto una ri- queza sobria, llena de poesía, que se plasmaba en los pequeños rincones, en el rumor del agua de una fuente y en el silencio de los patios bañados por el sol. La experiencia andaluza había calado en él de modo tan profundo, que había remo- delado la poética y el estilo de sus últimos años. Su jardín, construido en esos mis- mos momentos, actuaba entonces como transmisor y amplificador de esta meta- morfosis. «Jardín de la Casa Sorolla»,1917. Colección particular. «Jardín de la Casa Sorolla», 1919. Museo Sorolla.

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