Giovanni Domenico Tiepolo. El charlatán, 1754. Museo del Louvre, París.

Circos de pulgas

 

El que conoce poco, lo repite a menudo

Especialmente célebre por lo ingenioso de sus sermones, el predicador inglés Thomas Fuller (1610-1661) aseveraba que aquel que conoce poco, lo repite con insistencia. De memoria y franqueza excepcionales –según su biógrafo– probablemente Fuller, al que la historia recuerda jocoso y sarcástico, era un gran conocedor de las artes de sus compañeros de profesión, y nada más adecuado como prólogo a esta reflexión, porque hoy traigo a disección un subgénero de personajillo marrullero que se alimenta de concentrados mal digeridos de información al por mayor, usurpando conceptos que memoriza, muchas veces sin entender, difundiendo una y otra vez más de aquello mismo que nadie nunca se ha molestado en corroborar, sopesar, analizar o cotejar.

La especialización de un mediocre sistema educativo genera medianía y labra el campo a la ignorancia, favoreciendo así el asentamiento del desorden mental y la confusión. En medio de este revoltillo de conceptos descontextualizados, se es fácil presa de embaucadores y buhoneros. Estas  rapaces multiasentamiento, charlatanes carroñeros, proliferan como ladillas en lupanar en busca de audiencia. No son mucho más sabios que la mayoría, pero sí más avispados. Y es que además, el conformismo que invade gran parte de nuestros escenarios es pasmoso: un bonachonismo más bobalicón que indulgente, carne de engaño, cuya gran proliferación no hace sino dar carnaza a los primeros. Son los hijos de la gran trampa de la democracia –y que conste que si hago esta alusión no es porque no me interese el término y su significado, tan magnánimo como inverosímil, sino simplemente porque me parece una monumental quimera–, rebosantes de opinión y carentes de conocimiento, cuyo mayor defecto radica, ya no en lo que ignoran –que es mucho–, sino en no ser conscientes de ello. Una auténtica lástima que tan sólo sería remediable cultivándose un poquito, aunque tenga que ser a instancias del ya raido sistema de formación gratuito que aún queda por roer en muchas ciudades de nuestro estado, de este agraciado país en el que la gente no lee y por tanto, difícilmente aprende. Muchos repiten lo que otros dicen saber porque les dijeron quienes afirman haber oído lo que alguien escuchó a algún otro. Así corre la «sabiduría popular», fuente vulgar de conocimientos sin fundamento, manantial de casualidades de donde fluye la ciencia infusa para ir a desembocar en una charca de ranas, a cual más vocinglera.

Y sí, no puedo estar más de acuerdo con el sentir de nuestro ilustre Antonio Machado: «En España, de cada diez cabezas, una piensa y nueve embisten» porque es así como sucede en este mundo del «artisteo» y el «famoseo» al que asoman sus naricillas olisqueantes enjambres de aspirantes al podio, considerándose serios candidatos al renombre y la celebridad sólo por haberse autoproclamado artistas ¡cuánta arrogancia y que poca instrucción!

Es un circo de pulgas donde todo parece moverse y apenas nada hay. Hay quien ve lo que anhela ver, aun sin que ello exista. La música suena y el trapecio se mece, pero todo es un espejismo, una ilusión vana movida con hilos almibarados sobre los que se posan las moscas atraídas por su dulzor para quedar, como en la fábula, con sus patas pegadas a ellos.  

De este disparatado modo, los unos engatusan a los otros consiguiendo que el vanidoso muerda el anzuelo de la lisonja o el pardillo el del enredo.  ¡Siempre hay un roto para un descosido!, como solía decir mi abuelita.   

Dejo espacio a modo de epílogo a ésta que es una de mis fábulas favoritas, la del león y la rana, de la pluma del implacable y ocurrente Felix María de Samaniego:

 

Una lóbrega noche silenciosa,

iba un león horroroso

con mesurado paso majestuoso por una selva;

Oyó una voz ruidosa, que con tono molesto y continuado

llamaba la atención y aun el cuidado del reinante animal, que no sabía

de qué bestia feroz quizá saldría aquella voz, que tanto más sonaba

cuanto más en silencio todo estaba.

Su majestad leonesa, la selva toda registrar procura;

Mas nada encuentra con la noche oscura,

hasta que pudo ver, ¡oh qué sorpresa!

que sale de un estanque a la mañana la tal bestia feroz,

y era una rana.


Llamará la atención de mucha gente

el charlatán con su manía loca;

Mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente

que no es sino una rana, todo boca?

 

 

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