El mito del gran gurú

Los elegidos del arte

Adulados –de modo tan desmedido como poco justificado– por los medios, nutren su supuesta astucia y perspicacia con alabanzas. Se vanaglorian de una hipotética intuición que, aunque fruto de conjeturas en la mayoría de los casos, denota una cierta visión de éxito, cuando menos para sus bolsillos. 

Cualquier cosa puede ser presentada como una obra de arte si previamente ha sido bien untada de billetes, y bien puede llegar a convertirse en todo un fenómeno mediático, porque muchas veces es así de simple lo que sucede en los mercados del Olimpo del arte: abundancia de medios, buenos contactos y mucha palabrería vana. Compran y venden con holgura a quienes saben ávidos buscadores de buenas inversiones. Se trata de elegir un producto –que para el caso da lo mismo la obra de un artista o una startup– y llevarlo a la gloria. Tiene su mérito, desde luego, aunque bien sabemos que cuando se vive en la cima, todo es más accesible, desde luego sin deslucir lo difícil que puede resultar para muchos –los no ungidos con grandes patrimonios– alcanzar tales cotas. Es sólo que en este tipo de reñidero nada tiene que ver el arte, a menos que éste sea el de la capacidad de convencimiento. 

Que ningún artista se lleve a engaño. Todo y todos estamos en venta en este gran bazar del mercadeo y el acuerdo tácito. Sí es verdad que hay que ser muy bueno para manejar tamaña mercadería con tanta habilidad y astucia. Porque listos lo son. Y un rato; aunque desde luego la figura del galerista actual tiene su crónica y sus ancestros. Uno de los marchantes más perspicaces que conoce la historia fue Joseph Henry Duveen, británico de nacimiento pero de casta danesa, quien a finales del siglo XIX desarrolló la extraordinaria sagacidad de vender obras de arte como pasaporte a un encumbramiento social cada vez mayor. Algunas de sus más excelsas «presas» fueron grandes fortunas ávidas de prestigio y reconocimiento. Tras él, el triestino Leo Castelli, fallecido ahora hace diecisiete años, supo apostar con acierto por algunos de los que con el tiempo se convertirían en los más representativos de cada uno de los movimientos artísticos contemporáneos, en un alarde de gran clarividencia. Tampoco Castelli había venido al mundo con una mano delante y otra detrás. Su madre era hija de una de las familias más antiguas y adineradas de Trieste y él era dueño de una innegable capacidad de convicción y encanto. 
Audaz y licencioso, Larry Gagosian compartió galería con Castelli durante unos años antes de vivir su monumental despegue internacional a la americana, partiendo de Nueva York y dejando una vez más clara constancia del innegable poder del dinero –y de su innegable habilidad–, un mérito más teniendo en cuenta los humildes orígenes del galerista. 

Y es que lo de «descubrir artistas» tiene su miga. Estos grandes operadores de arte representan el visado de entrada o la deportación para cualquier artista. Todo depende de que ambos jueguen del mismo lado y nadie intente poner al otro la zancadilla. Las estrategias comerciales en estos elevados estratos socio-económicos son sibilinas, pura filigrana táctica donde el beneficio nunca se pone en tela de juicio: se compra una obra de arte y, con ello, se escalan peldaños en el escalafón social. El valor estético de esa obra de arte, su potencia, su verdad, es lo de menos; lo que realmente cuenta es hacerse con el objeto de deseo de muchos y, para ello, la fe en un marchante de primera línea, en un gran tiburón blanco de los mercados del arte, ha de ser ciega y, desde luego, tener mucho, muchísimo dinero.

 

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