La glorificación de la vacuidad

La glorificación de la vacuidad: Fuegos fatuos

El aprendizaje del arte en las escuelas es un reto importante que debemos asumir con el objeto de formar espectadores críticos en nuestra sociedad, auténticos consumidores –que no digo compradores– de arte. Y es que sin interés, sin sensibilización, tampoco hay consumo, porque el que hay, o dicen que hay, todos sabemos de dónde viene y a cuento de qué.

Abraham Maslow, experto estadounidense en conducta humana, entendía la cultura como una de las necesidades básicas para poder acceder a un mínimo desarrollo como ser humano y a un cierto equilibrio personal.

Aquí no tenemos palabreros, por lo menos en el sentido de la cultura Wayúu, donde el papel de un palabrero es el de hacer de mediador de conflictos. No, aquí tenemos palabristas, mercachifles y parlanchines con su correspondiente quórum, de cuya verborrea sólo queda la espuma, porque apenas hay sustancia, ni oficio: mucho hablar y nada nuevo que decir; y el desconcierto es tan tremebundo que ya nadie entiende ni desea entender nada. Al fin y al cabo, cada vez interesa menos escuchar a quien dice saber y no sabe decir. Pero es comprensible tamaña cepa de buhoneros, porque hay mucha carnaza en este muladar. Pitágoras aseveraba: « No sabe hablar quien no sabe callar». Pero es comprensible que los más efusivos valedores de esta desalentadora exhibición de impudicia y obscenidad se sientan más cómodos argumentando lo que es patente y manifiesto, que intentando descifrar el enigma de un arte complejo y simbólico.

Y bajo una carpa que se despliega y amamanta la antiestética y el mal gusto, se agazapan tribus enteras de bestezuelas y malas hierbas que se retroalimentan con el cinismo, la insustancialidad y el vacío de los propios artistas cuyo leitmotiv es ganar dinero a costa de lo que sea.

La buena crítica tiene como objeto reconocer y legitimar –o deslegitimar– una obra mediante el ejercicio de un análisis objetivo de una propuesta artística. Ese es, o debería de ser, su esencia en base al razonamiento de Kant en su Crítica de la razón pura. La crítica, por tanto, debe ser considerada teoría del conocimiento; una reflexión, tanto más profunda cuanto mayor sea el haber empírico.

Pero también el término «arte» ha caído en desgracia semántica en tanto en cuanto ha perdido gran parte de su fascinación, de su enigma, desconectándose del concepto tradicional de arte culto. Para la mayor parte de la sociedad, participar de este deplorable festival de banalidad no tiene mayor interés que el que tendría malgastar una anodina tarde de domingo haciendo zapping frente al televisor. Es decir, que la pasividad que despierta es escalofriante.

Falta criba, falta verdad, falta valentía, y todo ello ha resultado en un profundo descrédito tanto del arte actual como de sus habituales merodeadores, quienes alientan y justifican revoltijos incomibles, fríos e incapaces de provocar emoción alguna que no sea la desazón. El arte debe siempre superarse a sí mismo y nunca contentarse con representar la apariencia.

La buena crítica, a la que llevo convocando desde un principio, invita a una reflexión y abre puertas válidas al conocimiento, algo especialmente muy valioso para el propio artista, que habitualmente peca de falta de auto-crítica y exceso de vanidad, bastante lógico si tenemos en cuenta que los mercados se han explayado en la vacuidad de un inmenso vacío creativo de formas y discursos, donde casi todo es repetición o plagio. Nada es verdad. Casi todo es embuste. Una frenética carrera por conseguir el mayor impacto mediático mediante insorteables provocaciones o insufribles espectáculos de mal gusto.

Se habla de transgresión, pero sin conocer el legado, sin conocimientos, no se puede pretender crear nada nuevo, especialmente cuando nos movemos dentro de un mundo que ya muestra signos de cansancio y al que algo parece habérsele roto por dentro.

Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla.

Sigmund Freud

Y aun así, siguen muchos sin querer ver el mal que se ceba con su propio ecosistema, quizás a resultas del execrable individualismo que nos posee y nos condena.

El mercado del arte no es más que una réplica de cuanto acontece en el mundo. Fluctuante y engañoso, carece de visión humanística. Todo vale si es presentado en el escenario pactado y es debidamente justificado –moral y socialmente– mediante algún discurso de sabe Dios quién. Ya no hay nada que entender, porque lo que se ve es lo que hay. Quien quiere hablar de horror, en nada se parece al Saturno devorador de Goya. Se limita a comprar letras de plástico que coloca sobre la pared de un stand de feria para componer la palabra: HORROR. Lo único realmente importante es tener a quien parasitar, y en esto, una vez más, es la viva imagen de la sociedad en la que se ha gestado. Pasan cosas horribles, pero tras las lágrimas, la única preocupación estriba en saber quién va a pagar los platos rotos y no en reflexionar qué ha sucedido, qué está sucediendo y cómo poder ponerle remedio.

 

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